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Contemplar la Tierra Santa

Al volver, una vez más, a Tierra Santa, la gente me pregunta si siento algo nuevo. Y yo respondo que, ante el rostro amigo, nunca se lleva cuentas de haberlo visto.

Esta vez, la noche se hizo luz, Belén brillaba, Nazaret resplandecía. Nochebuena de nuevo, el silencio elocuente. En lo discreto, la vida de quienes permanecen orantes y vecinas del Misterio que cambió la historia permanece.

En Nazaret hemos entrado entre luces y lluvia copiosa, mas el silencio se hizo palabra en el desierto, la tarde fue ocasión de adoración discreta, enamorada. Es distinto visitar que celebrar la Tierra Santa, es diferente caminar con nerviosismo, que recorrer orante las calles y lugares bendecidos. Y sentir el privilegio de la hospitalidad nativa.

Volver a Galilea no es por nostalgia, que esta tierra va dentro del corazón creyente, donde el amor abraza sin merecerlo, y el barro se capacita para la gracia, y se hace cuenco vacío para recibir el beso del artesano.

Esta vez he vivido lo que no se ve al mediodía, al rezar atardecido donde Foucauld, y donde las de Calcuta adoran en pobreza. He sido bendecido, al terminar el día, al quedar arrodillado ante la casa de María, y al caminar por las calles nazarenas, regalado de luces de colores, por ser Epifanía.

Y el corazón se esponja, al tiempo que recuerda a quienes desea perciban en su lucha una ráfaga de aliento, de fuerza, de consuelo. No sabré si el recuerdo orante ha sido causa de que otros sientan alivio en sus quehaceres, pero yo me siento obligado, al gozar del privilegio de la peregrinación asidua a Tierra Santa, a rezar por tantos que confían los presente en la gruta nazarena, ante el pesebre de Belén, y en el Calvario. 

Y doy fe de llevar sobre mis hombros el clamor de los que esperan confían que el signo providente acontezca en sus vidas.