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II Domingo, después de Navidad

LECTURAS

(Eclo 24, 1-2.8-12; Sal 147; Ef 1, 3-6; Jn 1, 1-18)

“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 1.11-13).

COMENTARIO

 Ya tuvimos ocasión de escuchar el prólogo del Evangelio de San Juan el día de Navidad y en él hemos encontrado concurrencias con el pasaje de la Creación. Si la Biblia comienza con la expresión: “Al principio”, el Evangelio lo hace de manera semejante: “En el principio”. Si la Creación primera distribuye la acción divina en seis días, el Prólogo hace lo mismo con la manifestación de Jesús. Sin duda que nos encontramos con una esperanzadora noticia: Dios hace de nuevo todo bueno y bello, gracias a la Encarnación de su Hijo.

Uno se sorprende ante la noticia que revela el texto evangélico, no solo porque el Verbo se haga carne, sino porque “a quien lo reciba le da poder de ser hijo de Dios”. Ya es mucho lo que implica la expresión, que rezamos continuamente en el ángelus: “El Verbo se hace carne y habita en nosotros”. Esta expresión trae a la memoria el texto del Génesis: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne” (Gn 2, 24). Esto desvela la voluntad divina de hacerse enteramente uno de nosotros, asumiendo nuestra naturaleza y, como dicen los padres de la Iglesia, divinizándonos.

Desde esta identidad divinizada que se nos ofrece y que tenemos los bautizados en Cristo, se nos asegura que somos hijos de Dios, por lo que podemos llamar al Creador del universo “Papá”. Posiblemente haya muchas personas en la actualidad a quienes nos les resuena favorablemente el término “papá”, o “padre”, quizá porque hayan vivido duras experiencias familiares. Sin embargo, el referente de la relación no es biológico, no se funda en la carne ni en la sangre, sino desde la fe en Cristo.

Tengo para mí que si diéramos fe a la revelación, no podríamos resistir la noticia, enloqueceríamos. Si Isabel se admiró ante la vista de María y lo expresó diciendo “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?”, ¿qué tendríamos que exclamar cuando se nos asegura que somos hijos de Dios?” En otro momento dice el Evangelio: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?» Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 22-23). 

Solo te invito a qué hagas silencio interior y dejes resonar la Palabra de Dios dentro de ti: “Tú eres mi hijo”. “Yo te amo”. “Te conozco”. “Ábreme, estoy a la puerta”.