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A la madre de Dios

Nazarena, tú eres la morada elegida por Dios, para ser su recinto sagrado y protegido.

Tú has dado a Dios la oportunidad de encontrar el lugar seguro para hacerse hombre.

Tú, mujer bendita, eres quien nos permite encontrarnos de nuevo en ti con Dios en el jardín.

Tú adelantaste con tu sí la actitud de tu Hijo, cuando abrazó la voluntad amorosa de su Padre.

En ti tenemos la manera más nuestra de responder a los planes que el Señor tiene sobre cada uno.

Dentro de tu asombro no perdiste la cordura, y preguntaste al ángel sobre el misterio.

Tú no te quedaste ensimismada, egocéntrica, cuando fuiste consciente del don recibido.

Tu reacción solidaria, pronta, alegre, es un ejemplo permanente para todos. 

Subiste deprisa a la montaña, en adelanto del momento de la entrega en la Cruz.

Adelantaste los movimientos pascuales, al levantarte, y subir deprisa, solidaria.

Tu Hijo aprendió ya en tu seno los movimientos identificativos del creyente, al ponerte en camino.

Nos enseñaste el modo de ser discípulos, y en ti descubrimos las acciones redentoras.

Al Niño de tu seno lo envolviste en pañales y lo recostaste en un pesebre.

Prefiguraste el momento recio de su muerte, cuando envuelto en sábanas lo colocaron en un sepulcro.

Tu actitud de silencio, embeleso y meditación sobre lo que no comprendías, nos edifica.

Si tu Hijo creció en sabiduría y gracia, Tú tuviste que ir asimilando los acontecimientos.

Tu nos enseñaste cómo y dónde buscar a tu Hijo, cuando nos sentimos huérfanos.

El santuario, en que nos ha convertido el Dios hecho carne en ti, nos permite encontrarnos con tu Hijo en lo más profundo de nuestro ser.

Él ha identificado la morada de Dios con la que desea habitar en nuestro propio interior.

Tú has conocido que existe un modo entrañable de tratar con tu Hijo, dentro de nosotros. 

Señora, Madre de Dios, transfiere a nuestra mente y a nuestro corazón el modo de ser jardín para Dios, y regalo para que quienes viven próximos a nosotros gocen de Él en ellos.