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Sentimientos en Navidad

Envuelto en un halo de paz, como si resonara, sin notarse, el cántico de los ángeles, se colma la atmósfera de bien, de luz, de presencia invisible, pero cierta, del Dios que para siempre se ha hecho hombre, compañero nuestro.

Al mismo tiempo, acuden a la mente los clamores de tantos que estos días sienten la nostalgia de los suyos, por vivir fuera de su tierra, o porque ya no están entre nosotros, aunque viven.

El corazón se enternece ante noticias violentas, que atentan con la verdad de haber sido hecho el hombre a imagen y semejanza del Niño de Belén. Mas, a pesar del ruido de los violentos, podrá más el bien y la bondad, por más que no se oigan, ni sean reseñados en los medios, los gestos solidarios de tantos que prolongan los humildes.

El corazón se rinde, adora, besa, desea felicidad, augurios bendecidos ante el Portal de Belén. Ya nada es igual, por más que parezca desvanecerse entre bullicios la noticia de que ha aparecido sobre la tierra la bondad de Dios. 

La mente intenta imponer o imágenes oscuras, porque suma datos violentos servidos por los hombres, o de brillo fugaz, porque intenta evadirse de la realidad cotidiana. Pero la fe se atreve a trascender, incluso la pobreza, el dolor, el llanto, y ver en ellos la siembra de esperanza, la luz del alba.

No se puede imponer la debilidad de un niño frente a los poderes fanáticos, mas “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (I Co 1, 25).

Me atrevo a proclamar, sin estar enajenado, que la paz, sin armas, podrá a la guerra; que el bien, sin ruido, correrá más que el odio; que el gesto humilde solidario, se hace historia, sin ser noticia; que la plegaria de muchos, traerá bendición del cielo, por más que sea íntima y secreta.

Quiero apostar por Dios. Si Él por su cuenta ha querido darnos la señal más comprometida de hacerse hombre, no cabe imaginar que haya sido un gesto pasajero. Para siempre llevamos en nuestro rostro el reflejo de la mirada del Hijo de la Nazarena.

Nuestra mirada no sabrá interpretar los signos de los tiempos, ni transfigurar los rostros de los hombres, mas el Creador de todo y de todos, ya no ve sino a través de los ojos de su Hijo Jesucristo, quien, según los creyentes de todos los tiempos, se convierte en nuestro valedor ante su Padre, presentándonos como hermanos suyos, de la misma naturaleza humana. 

Hoy, como ayer, sentiré el combate, la prueba que atraviesa la existencia, y cabe que intenten imponerme la lógica económica, la estadística social, los hechos adversos demostrables. Sin embargo, me atrevo a confesar y a profesar, y no por sadismo, ni por movimiento inconsciente, pretencioso, que ya nada es igual, si Dios está con nosotros. Si das fe a este misterio, me darás la razón de que es posible el gozo interior aún en la experiencia del límite; de que es mayor la esperanza, que el desespero. Te deseo esta fe.