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IV Domingo de Adviento

TESTIGOS

“María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados»” (Mt 1, 18-21). 

Cuando en las peregrinaciones nos acercamos a la ciudad de Nazaret, el texto que hoy se proclama en la Liturgia de la Palabra nos da ocasión para reflexionar sobre el silencio de María y de José, y llegamos a comprender que “el silencio dio lugar a la Palabra”.

No consta que la Nazarena contara a José el acontecimiento de la Encarnación, aunque el tiempo iba haciendo perceptible el estado de María. Ella, si hubiera hablado con aquel con quien se iba a casar, podría haber provocado en su esposo un choque mental e incluso afectivo no solo en relación con ella, sino con Dios. A su vez, José, por lo que dice el Evangelio, decide marcharse, sin pedir explicaciones, ni denunciar los hechos que humanamente hablando inducían a la sospecha de que se había quebrantado la moral.

El ángel del Señor alivia la situación, pues revela a san José el misterio de la maternidad de su esposa. De esta manera, la Palabra es alumbrada en medio del silencio, con el obsequio de la fe. Dice el texto revelado, y se aplica al Misterio de la Navidad: “Cuando un silencio apacible lo envolvía todo | y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real” (Sab 18, 14-15). 

El desierto es el lugar de la Palabra; el vacío es la condición para recibir el don; el silencio dio lugar al acontecimiento; la fe deja experimentar la Providencia; Dios se deja sentir por los humildes, sencillos, y obedientes. San José fue testigo de la acción divina.