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II Lunes de Adviento

En Aín Karen, en las montañas de Judea, se ha levantado una iglesia para conmemorar el pasaje evangélico de la Visitación de María a su prima Santa Isabel. El fresco de la pared central representa ese momento.

El evangelista señala que María se levantó y subió deprisa a la montaña. Deprisa irán los pastores a Belén, y las mujeres en la mañana de Pascua andarán deprisa. En un contexto más amplio, la prisa se puede interpretar como señal de alegría, porque ha comenzado el nuevo tiempo.

Los comentaristas de los textos bíblicos y los teólogos relacionan la subida de María, embarazada, a la luz del ascenso del arca de la alianza, en tiempo del rey David.

Dice san Lucas que María se quedó unos tres meses en casa de su parienta, el mismo tiempo que el arca de la alianza se quedó en casa de Obededón.

El papa Benedicto XVI ha visto en la subida de María a la montaña la primera procesión del Corpus Christi, pues la joven nazarena, cual custodia, llevaba el cuerpo y la sangre del Señor. El papa San Juan Pablo II llamó a María: “Mujer eucarística”. Francisco la invoca como la Virgen de la prontitud.

Rafael Sanzio pinta el encuentro de las dos mujeres, y las muestra calzadas con sandalias, signo de peregrinación, pero también de mujeres desposadas, no descalzas. Se repite el canon de los colores. La Virgen lleva vestido rojo y manto azul, lo que en lenguaje icónico significa que María ha concebido al Verbo de Dios por virtud del cielo.

Cuando actúa, la gracia divina convierte lo estéril en fecundo, y la virginidad en maternidad. En el misterio gozoso de la Visitación nos podemos sentir invitados a dar fe a la Palabra, como hizo María.  Isabel reconoce: “Dichosa tú que has creído”. de su parienta, el mismo tiempo que el arca de la alianza se quedó en casa de Obededón.