· 

La Inmaculada Concepción

En España, tenemos el privilegio de contar con la obra de la Virgen Niña de Zurbarán, que se expone en el museo diocesano de Sigüenza. El pintor de los hábitos blancos se extasía en el vestido de la Virgen, a la que representa como si estuviera aún en la mente de Dios, suspendida sobre nubes, y adornada con los atributos lauretanos.

Se adivina en el lienzo un diálogo entre el cielo y la tierra. Mientras que desde el suelo sevillano se alza un ciprés, desde lo alto se descuelga el manto de la Inmaculada en un diálogo esperanzador. 

Zurbarán, en evocación del canto de Zacarías, que profetiza la venida del Mesías como Sol que viene de lo alto, calza los pies de la Virgen con la luna invertida, iluminada por la parte en que recibe la luz del Hijo de María.

Si comparamos los lienzos de Zurbarán y de Murillo, mientras que Francisco de Zurbarán relaciona el cielo con la tierra en la intuición artística, Bartolomé Murillo suspende a la Virgen sobre un fondo de nubes con un coro de ángeles.

Sin embargo, se atreve a presentar como trofeos las dos posibilidades que tiene el cristiano de entregar la vida, como mártir, y por eso el ángel lleva la palma en sus manos, y como virgen, El ramo de azucenas que porta otro ángel, representa la martiría blanca.

Se tardó en profesar el misterio de la Inmaculada como dogma de fe. Sin embargo, desde muy pronto el pueblo de Dios y el arte intuyeron que la criatura escogida para dar a luz al Salvador del mundo, no podía tener pecado alguno, pues se opondría a la santidad de Dios.

El franciscano Juan Duns Escoto formuló el comienzo de la verdad teológica: Dios lo pudo, lo quiso, lo hizo. Y hoy miramos a María fascinados por su belleza, a la vez que por su humildad.