La santidad

La santidad se manifiesta en gestos de bondad, en sensibilidad, orden, armonía, belleza, entrega, equilibrio, y especialmente en amor.

La santidad atrae, fascina, donde la hay acontece la edificación, construye comunidad, anima en la virtud, es signo de presencia de Dios, de su amor y de su misterio.

La santidad puede convertirse en denuncia profética por manifestarse recia si le alcanza la debilidad, fuerte y valiente en las pruebas. No se arredra ante la dificultad, y llega a la mayor entrega de uno mismo.

La santidad es don, fruto de la gracia cuando se le deja actuar al Espíritu Santo; es efecto de la experiencia de saberse amado, y fruto de la fascinación que suscita el misterio de Dios, revelado en su Hijo Jesucristo, que puede llegar al enamoramiento. 

La santidad se manifiesta humilde, y quien la vive brilla por su sencillez, y hasta muestra su necesidad de misericordia.

La santidad es verdadera cuando hay autenticidad, fruto de la experiencia del amor de Dios y del trato íntimo con Él.

La santidad no es perfeccionismo, sino misericordia; no es individualismo solitario, sino comunión; no es título para erigirse como juez, sino que mueve a la intercesión.

El santo no es un prepotente, ni un vanidoso protagonista que se busca a sí mismo, y que desea aparecer o alcanzar la meta de la perfección con sus propias fuerzas. Se siente inundado de gracia y llamado a la responsabilidad por los dones recibidos, de los que es consciente.

El santo se manifiesta en el momento de la prueba. El contraste de autenticidad de la verdadera santidad se descubre en el amor a la vez que en la humildad.

El santo se mantiene en comunión con la Iglesia, y en momentos de dificultad sabe dar prioridad al otro.

El santo acierta a reaccionar a la manera de Dios, comprende la realidad desde la fe y sabe trascender todo acontecimiento y ver en todo el amor divino.

El santo es testigo de esperanza, anticipa los valores del Reino de los cielos, se convierte en verdadera profecía de lo que no acabará nunca.

El santo sabe conjugar la perfección con la misericordia, es exigente consigo mismo y magnánimo para los demás, es un intercesor por todos. Gracias a los santos, la sociedad se mantiene en equilibrio y se llama a la convivencia.

Los santos son benefactores anónimos de la humanidad. Gracias a ellos prevalece el deseo de paz y el afán por el bien.