Comunión de los Santos

Aparentemente, nada ha sucedido y todo, en cambio, es distinto. Se ha aposentado el amor, y se huyen las sombras. Se percibe la anchura del corazón ante el futuro, sin perder el realismo.

No sé decir por qué duermen los lobos y los leones en el foso interior. No sabré demostrarlo, mas se siente una fuerza nueva. Sentado a la mesa, huyen las nostalgias de manjares efímeros. No se buscan migajas cuando se es huésped del banquete.

Sumerge el abrazo, brota el contento. El desierto es el mismo y los tiempos son recios, mas nace la paz, se instala la Presencia. Es verdad la luz, no obstante la noche. Es verdad el abrazo, no obstante la herida.

El regalo que se siente tiene fecha y lugar e intercesores ciertos que obligan a gratitud. No sabremos quizá de quiénes fueron las manos alzadas, suplicantes. Los santos amigos no dicen su apoyo cuando intervienen en nuestro favor. 

Resuena la Palabra, que acierta a describir el estado del alma y la novedad del corazón, y fluye la alabanza cuando envuelve y habita la mirada. “Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo”.

Sorprende el alivio, la libertad interior, la serena actitud frente a los hechos. La mente recuerda los tiempos de exilio, mas es mayor el don, y el miedo se ausenta.

No sabré explicarlo, mas existe la gracia, del todo inmerecida, que sumerge el ser de manera inesperada en la experiencia de la bonanza, para que se vea que no son los brazos los que cosechan la mies, sino el paso por sorpresa del Señor.

Cabe la sospecha de que sea una ráfaga, un instante de luz, un espejismo. Cuando Dios llama, no retira su palabra, su fidelidad presta siempre confianza, y el alma se arriesga a proclamar la bendición.

Cuando el don es de Dios, no se duda de que sea Él, dice la Santa. Uno sabe bien cuándo provoca el sentimiento, y cuándo se instala la paz, bendición de lo alto. “Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, Dios da el pan a sus amigos mientras duermen” (Sal 126). Y lo da por la insistencia de los santos en nuestro favor. 

No dudes en encomendarte a quienes son nuestros mejores amigos e intercesores ante Dios. Sin duda el Mediador es Jesucristo, y su santa Madre la medianera de gracia.