XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

“Los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería” (Lc 17, 5-6).

COMENTARIO

Los evangelios están poblados de referencias a la fe: “Dichosos los que sin ver creen” (Jn 20, 29); “Dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45). “Basta que tengas fe” (Mc 5, 35). “Que te sucede según tu fe” (Mt 8, 13). “Tu fe te ha salvado” (Mt 9, 22).

Jesús no hizo milagros en su pueblo al ver su falta de fe (Mt 13, 58). Y Él dijo en Betania: “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25). “El que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6, 35). “El que cree en mí, como dice la Escritura, “de sus entrañas manarán ríos de agua viva” (Jn 7, 38). 

Quizá nos pasa como a los discípulos: “Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?” (Mt 6, 30) «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» (Mt 18, 25-26).

Creer en Dios es dejarle actuar e intervenir en nuestra vida. Quienes creen en el Señor se abandonan en sus manos. El creyente se atreve a comenzar de nuevo, se siente inmerso en la presencia divina. El que cree sabe de Quién le vienen las fuerzas y Quién es el que sostiene su ánimo en las pruebas. Quienes creen en Jesús se fían de Él y le obedecen, aunque hayan tenido la experiencia de fracaso: “En tu nombre echaremos las redes, aunque hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada” (Lc 5, 5). El cristiano percibe a Jesús como compañero de camino, tiene el asidero de la confianza y sabe que no quedará defraudado, goza anticipadamente del don de la bienaventuranza.

Creer no libra del sufrimiento, pero hace que en todo se encuentre un sentido trascendente y se atreve a convertir la prueba en ofrenda de amor. 

La fe va de la mano de la humildad, se afinca en los limpios de corazón, en los sencillos, entre los pobres. La fe es contraria a la autosuficiencia, a la reivindicación vanidosa de las obras realizadas, al orgullo protagonista. “Da a Dios lo que es de Dios” (Lc 20, 25).