XXV Domingo del Tiempo Ordinario

“Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz” (Lc 16, 1-13).

COMENTARIO

Hemos entrado en el otoño, tiempo de recoger los frutos, y la propuesta evangélica es que sepamos administrar los bienes. Pero sorprendentemente, se nos advierte de que no perdamos la sagacidad.

¿Cómo interpretar el texto que recomienda aprovecharse de manera engañosa de los dones y de la confianza que se nos han entregado?

Quizá la única respuesta sea entrando en el propio interior, y descubrir que las cuentas favorables que nos hace el administrador se deben a Aquel que ha pagado por nosotros nuestras deudas. 

Puede parecer heterodoxa mi interpretación, pero interpreto la expresión “el amo alabó al administrador injusto porque había actuado con astucia”, aplicando a Jesucristo tal administración, al asumir el papel de quien con su gesto sagaz, hace desaparecer de nuestras cuentas los números rojos, a costa de su fama y de la expulsión social.

¿De qué sagacidad se trata? Creo que la de saberse liberado de las deudas y poder así emprender una conducta sin complejos, fascinando a los que nos miran por el modo de caminar ligeros, sin el peso de nuestras debilidades.

A los cristianos, la sociedad suele mirarnos como a personas sometidas a preceptos, mandamientos y leyes, sobrecargados en la conciencia, cuando en verdad deberíamos ser testigos de la liberación que supone creer en la misericordia divina que, sin mérito propio, nos perdona el debe de nuestras cuentas.

CUESTIÓN 

¿Sientes que te han regalado el perdón de tu deuda?