¿Qué quieres, Señor, de mí?

Al alba sentí tu fuerza,

para estar en el desierto,

Ahora ¿qué quieres de mí?

Pasado el momento recio.

Si entonces sentí tu mano,

y durante la cincuentena,

de amor envolvente en mí

y percibí tu presencia,

Si opté con palabras nobles,

el permanecer sin más.

Si escuché inconfundible:

“No tengas miedo jamás”.

Si los hechos lo confirman

lo que parece soñar.

Señor, ahora pregunto:

¿Quieres de mí algo más?

Callas, me miras, esperas

a que comprenda los signos

e intuyo que me respondes:

¿Es que no eres testigo?

¿Ya no te fías de mí?

¿Acaso te da pudor?

Si te he sido siempre fiel, 

siendo distante tu amor.

Una vez más, nos enseñas,

no es del aprecio razón

ni mis obras, ni el afán,

sino tu gracia interior.

Evidencio en la conciencia

el contraste entre los dos.

Mientras yo soy vulnerable

Tú eres en verdad perdón.

Y me dejas ser testigo

del regalo de tu gracia,

que se aposenta en mi ser

y me inspira confianza.

Si escuchaste al romano

y a la mujer cananea,

acoge ahora mi súplica

y cura mi mente ciega.

Acoge lo que hay en mí,

aunque aún sea pagano,

y realiza tu obra,

aquella que has comenzado.

        17 de septiembre de 2019