XXI Domingo del Tiempo Ordinario

“Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos” (Lc 12, 29-30).

COMENTARIO

Actualmente se predica la salvación universal, la bondad y la misericordia divinas, razón para interpretar que todo ser humano está redimido y que será acogido por la entrañable bondad de Dios.

El evangelio de hoy parece que contradice esta visión, y advierte del riesgo de quedarse fuera del recinto agradable de la bienaventuranza, donde solo entran los que lo hagan por la puerta estrecha. 

Sin manipular el texto, sin embargo, creo que la advertencia que hace Jesús va más bien para quienes se sientes seguros por sus obras, y se justifican a sí mismos porque han practicado actos de piedad, rezos, ofrendas, o porque se sienten pertenecientes a grupos oficiales más o menos ortodoxos. Precisamente la advertencia señala cómo van a entrar los extranjeros, los que vienen de tierras paganas, de la periferia, de la universalidad. 

Jesucristo es quien ofrece la salvación. No cabe reivindicarla como derecho, ni pretender alcanzarla como quien logra una meta por sus fuerzas. La consigna desbarata el camino de los que son pretenciosos, protagonistas, seguros de sí, vanidosos, titánicos, cuando se proclama el axioma: “Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. “Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1-2). 

El Evangelio en su contexto, y especialmente el de san Lucas, ofrece un mensaje muy claro sobre cómo avanzar por el camino del seguimiento: abrazando la humildad, la ultimidad, el servicio, la conciencia de pobre, de pecador, de mendigo. “Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27).