V Domingo de Pascua

«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 31-33a.34-35).

COMENTARIO

El Evangelio cita las palabras que pronunció Jesús a continuación del momento en que Judas salió del cenáculo para traicionarle. En tal contexto, sorprende que el Maestro afirme que ese es el momento de su glorificación. 

Sin duda, no puede ser que Jesús reciba gloria de los suyos, si uno le traiciona, otro lo niega, tres se duermen y todos lo abandonan. La gloria la recibe de su Padre. Es la relación filial la que se afirma en momentos recios y en ellos se autentifica la confianza en Dios.

Si Jesús, ante la muerte de Lázaro, expresa que es para gloria de Dios, cuánto más será su Pasión, pues Dios se glorificará resucitándolo de entre los muertos. Pero para poder vivir en el momento doloroso la perspectiva de la gloria es necesaria la experiencia de abandono y de confianza en las entrañables manos divinas.

Jesús glorifica a su Padre fiándose de Él; Dios glorifica a su Hijo sosteniéndolo en la prueba, y entre ellos hay una unión inquebrantable. Cuando entre nosotros vivimos la comunión y el amor mutuo glorificamos el nombre de cristianos, a Jesucristo y al Misterio Divino, y nosotros mismos participamos del gozo que supone vivir la vida de Dios.

CUESTIÓN 

En las pruebas, ¿te atreves a creer que Dios te está dando ocasión de gloria?