Octava de Pascua

“A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».  Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».” (Jn 20, 26-29) 

Hoy es un domingo cargado de significado. Es el domingo de la misericordia. El relato evangélico nos ofrece el momento intenso en el que Jesús le muestra a Tomás las heridas luminosas de su Pasión, para curar la herida sangrante del discípulo, quien no puede contener la orfandad de Maestro.

Es jornada de sentir que el Resucitado conoce nuestras sombras, nuestras nostalgias, nuestros deseos insatisfechos, y no se desentiende, sino que los afronta de la manera más directa: “Pon tu mano en mi costado”.

El camino del hombre tiene el auxilio de la misericordia. Me ha hecho bien una frase que he leído, citada por José Tolentino: “Las lágrimas son aquello que permite a alguien ser santo, después de haber sido hombre”. (Cioran) A Pedro le posibilitaron volver al Señor, después de haberlo negado; y a Tomás superar la tentación de incredulidad.

DESEO DE PASCUA

 ¡Ojalá tengas siempre junto a ti la mano solidaria que te saca de tus posibles huidas y hundimientos! Jesús resucitado te la ofrece.