Domingo de Ramos (II)

Los protagonistas de este domingo son Jesús y el pueblo; Jesús y Jerusalén.

Nos podemos preguntar qué significa la entrada de Jesús en la ciudad santa, de la manera que narran los evangelios. 

Por un lado, al ver a Jesús montado en cabalgadura, me viene a la memoria el salmo nupcial: “Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente. Cíñete al flanco la espada, valiente: es tu gala y tu orgullo; cabalga victorioso por la verdad, la mansedumbre y la justicia, (Sal 45).

Por otro lado, al escuchar la antífona del Benedictus, del oficio de Laudes de este domingo -“Hija de Sión, alégrate, canta de Jubilo Jerusalén, mira a tu rey que viene a ti justo, victorioso, modesto”-, interpreto que Jerusalén no solo es la ciudad. Y me resuenan las profecías: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu salvador, que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede». Los llamarán «Pueblo santo», «Redimidos del Señor», y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad no abandonada». (Is 62, 10-11). “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno. Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas!». El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; | se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; | exulta y se alegra contigo como en día de fiesta”. (Sof 3, 14-18)

Jesús viene en nombre del Señor a consumar la alianza con su pueblo. La esperanza de los siglos se hace acontecimiento. El anunciado por los profetas llega, pero no como rey invasor, sino humilde. En Él se cumplen todas las profecías. ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, | en un pollino de asna” (Zac 9, 9).

Jerusalén cataliza la visión profética sobre el pueblo santo, el pueblo de Dios. La Hija de Sión, es el pueblo amado, adquirido por Dios, por el que Jesús se entrega. La ciudad de Jerusalén representa a la esposa, a la novia, y Jesús es el esposo. Entra en verdad como el novio, entre vítores. Escucha, hija, mira: inclina el oído, | olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: | póstrate ante él, que él es tu señor” (Sal 45, 11-12).

En la escena estamos nosotros como nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. No podemos quedar de espectadores, quienes somos protagonistas de esta historia. Nos corresponde alegrarnos, acoger al Señor. La celebración de hoy no es una representación, nos corresponde devolver el amor que recibimos.

La creación entera reacciona ante el acontecimiento, las palmas y ramos, el pollino, los mantos sobre el suelo representan el estremecimiento cósmico. Cuatro nombres señalan los parámetros de universalidad: Betania, Betfagé; Monte de los Olivos, Jerusalén. Hoy es un día consagrado al Señor. Hoy la Iglesia canta a su esposo, a quien reconoce como a su Señor y Dios. 

Hoy, cada uno debemos sentirnos invitados a celebrar la alianza con Jesús.