VIII Domingo del Tiempo Ordinario

Eclo 27,4-7; Sal 91; 1Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45

El fruto muestra el cultivo de un árbol” (Eclo 27, 6)).

“El justo crecerá como una palmera. En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso” (Sal 91).

Cada árbol se conoce por su fruto” (Lc 6, 44).

 

Este domingo se nos ofrece una de las claves más segura a la hora de hacer discernimiento espiritual sobre la opción de vida o sobre el seguimiento evangélico. Sin duda que la paz interior es un signo valioso para averiguar si se actúa según el querer de Dios. Más ¿cómo saber que esa paz no obedece a una reacción psicológica autocomplaciente?

  Para que el ejercicio de discernimiento sea válido hace falta contrastar varias fuentes, y si es importante la percepción interior de la consolación y de la paz, esta no se objetiva si no es por la forma de vivir. 

  Es difícil pensar que algo es de Dios si a la hora de aplicarlo genera efectos contrarios al Evangelio. La máxima que nos ofrece la Sagrada Escritura es muy evidente: por los frutos se conoce el árbol. Por las obras se discierne la rectitud de la conducta.

San Mateo explicita la sentencia: Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos” (Mt 7, 18). El salmista nos revela el secreto para que el árbol sea fecundo: que esté plantado junto a la corriente que brota del santuario.

  Al igual que el sarmiento, que, si no está unido a la vid, se seca y no da fruto. Quien vive sin relacionarse con la gracia, perece; por mucho que quiera alcanzar metas exitosas, al final quedará agotado y sin gozar de la misericordia.

  Puede darse la circunstancia de pasar por experiencias dolorosas que turben el ánimo y hasta lleguen a someter a crisis la estabilidad personal. En esos momentos es muy importante constatar los frutos y practicar el consejo paulino: “Así, pues, hermanos míos queridos, manteneos firmes y constantes” (1Co 15,58). 

CUESTIÓN 

¿Puedes observar en tu quehacer frutos buenos?