No hay sonrisa que envíes que no vuelva hacia ti

Estoy de peregrinación por Tierra Santa, como acompañante espiritual de un grupo de quince sacerdotes, de diversas partes, de España,  Angola, Portugal y Colombia. Alguno de ellos ha tenido dificultades en el paso de fronteras con Jordania, al no concederle el visado; así le sucedió al sacerdote de Angola, pero en el caso del sacerdote colombiano, al ser residente en España, aunque hubo que hacer varias diligencias, pudo pasar con todo el grupo a Jordania.

En la tarde que visitábamos el Monte Nebo, en la iglesia recién restaurada, en la que se pueden admirar mosaicos bizantinos de gran valor, uno de los peregrinos se cayó y sufrió magulladuras importantes, tantas, que al entrar en la noche comenzó a preocuparse, hasta el punto de tener que hacer las diligencias necesarias para que actuara el seguro de viaje.

 

En esos momentos de preocupación, hay que saber actuar, más si cabe ante las limitaciones del lenguaje y las barreras propias de estar en un lugar desconocido. En esos momentos, el sacerdote colombiano se ofreció, diligente, para resolver la inclemencia. Llamó al seguro, acompañó al accidentado al hospital, y fue un verdadero buen samaritano, lo que todo el grupo agradeció.

Al día siguiente nos felicitábamos al ver al peregrino accidentado entre nosotros, sin que fuera necesaria una estancia hospitalaria. Entonces interpretamos que el permiso que le dieron al sacerdote colombiano de pasar a Jordania fue una verdadera providencia.

Ante el gesto bravo, voluntario, generoso del sacerdote, a la hora de celebrar la Eucaristía en Belén, lo he invitado a presidirnos a todos, sin decirle la razón por la que le distinguía entre los demás presbíteros, que estoy seguro cada uno hubiera querido ser el celebrante principal en la cueva de los pastores.

 

Al terminar la Eucaristía, vino a mi emocionado y agradecido, por haberle designado para presidir la celebración. A lo que le respondí el axioma oriental: “No hay sonrisa que envíes, que no vuelva hacia ti, aunque no te la de el mismo a quien tú se la diste”. Es diferente interpretar todo en clave de casualidad, que de Providencia.

Hacer el bien con generosidad nunca queda sin recompensa, la que se experimenta en el corazón, y la que los hechos providentes dejan sentir.

Ángel Moreno