Subida a Jerusalén

Subir a Jerusalén es siempre un privilegio, al hacerlo se toma conciencia de pertenecer a las generaciones de peregrinos, que desde hace 3.000 años han subido gozosos a la ciudad santa, donde ha querido Dios dejar su huella indeleble, por haber acontecido en ella el mayor gesto de amor, la entrega total de Jesús, su Hijo amado, como testimonio del cumplimiento de todas las alianzas, anunciadas desde antiguo por los profetas.

En las Sagradas Escrituras se narran muchas subidas a la ciudad elegida por Dios como símbolo e imagen de la esposa amada. Aunque en tantas ocasiones es denunciada la infidelidad de Jerusalén, podrá más el amor divino que infidelidad humana. 

El salmista narra y canta que las tribus del Señor suben con alegría para dar culto y reconocer a quien es el único Dios. “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!" Me uno a tantos hombres y mujeres creyentes, que han hecho de su entrada en la ciudad santa uno de los hitos ungidos de su historia.

¿Pero como narrar lo que sucede cuando se ha hecho tantas veces la peregrinación? ¿Acaso cabe sentir algo nuevo? Y descubro que cabe subir como los discípulos de Jesús, un tanto especuladores; cabe hacerlo como el rey David, que acompañó el Arca de la Alianza bailando y cantando; y es posible ascender tras los pasos de Jesús, como discípulo que desea seguir al Maestro.

Cada vez comprendo más que la mejor manera de ascender a la Casa de Dios, a la Ciudad Santa, a la Jerusalén del cielo, es hacerlo como lo hizo el mismo Jesús, por amor. Un proyecto de vida para el creyente es hacer de su historia personal una peregrinación, no solo a los lugares santos, vestigios históricos del Evangelio, sino hacia la meta de la vida, con los mismos sentimientos del Nazareno, para entregar a cada paso lo mejor de uno mismo.

Jesús subió por última vez a Jerusalén desde Jericó, y nos demuestra que se puede hacer la escalada desde el punto más bajo de la tierra, a la ciudad elevada sobre las montañas. No cabe argumento de quedarse derrumbado, al margen del camino, con la excusa de la propia debilidad, si subió el ciego de Jericó. Esta vez he aprendido que el ciego Bartimeo, hijo de Timeo, significa hijo de quien tiene mala fama, de quien ha debido hacer algo malo, si padece ceguera. Y sin embargo es él quien se convierte en paradigma de discípulo. 

Tú y yo no podremos argumentar dificultad insalvable, si quien estaba hundido, deprimido, pobre, marginal, con mala fama, se convierte en modelo de seguidor de Jesús. Una condición es esencial, no perder el oído interior, y escuchar el paso de Jesús, y gritarle, si es preciso: “Señor, Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”.

Ángel Moreno