Ejercicios en Tierra Santa

Cruzar los caminos de mano de la Palabra; sentir en la piel el impacto del viento,  el mismo que también sintiera el Carpintero; llevar en los ojos el reflejo del cielo en las aguas del Mar de Galilea es Evangelio.

Puede parecer testimonio forzado decir que Dios se hizo desierto y manantial en su Hijo encarnado; que nos produce hambre, y se hace pan; que nos lleva a solas al descampado y nos declara el amor.

Siempre que peregrino a la tierra que es sacramento, me sucede que se introducen en mí imágenes y emociones, que renacen después, y se convierten en referentes para un camino de discípulo. 

Esta vez se me ha metido al consciente y más adentro la pluralidad de hijos de Dios que avanzan por la vida y que muestran la riqueza única de cada persona. Al entrar en contacto con modos tan diversos de expresar la fe, con culturas tan distintas, con modos tan diferentes de vivir, fuerzan en mí el ensanchamiento comprensivo.

Al contemplar vestigios de culturas milenarias, de las que permanecen como testigos obras gigantescas. Al visitar el “Tesoro de Petra”, el templo de Artemisa en la ciudad romana de Gerasa, los palacios imperiales de dinastías poderosas, y al contemplarlas como ruinas, aunque estén bien conservadas, he sentido, por un lado, la grandeza del hombre, que llega a expresarse en obras tan fascinantes, mas, por otro lado, la fragilidad permanente de toda obra humana, por bien cimentada que se haya construido.

Pasaron los imperios griegos, romanos, navateos, bizantinos, cruzados… Mas quizá no aprendemos a aceptar la fragilidad de las obras de nuestras manos y nos empeñamos en dar consistencia a lo que como en otros casos sufrirá el impacto de lo transitorio.

Hay algo, sin embargo, que permanece más allá de las ruinas, y de las culturas ancestrales, el deseo humano por alcanzar niveles cada vez más altos de dominio sobre las cosas. En este anhelo, la mirada a la historia debiera darnos, por una parte, estímulo para sumar belleza, bondad, verdad como generación responsable, y a la vez humildad suficiente para sabernos transitorios.

Desde una mirada teologal todo suma, pero desde una mirada humana, cabe la nostalgia y el desengaño, al ver obras tan gigantescas arruinadas, culturas reducidas a los estudios arqueológicos, ciclos permanentes de construcciones y destrucciones, incluso con los mismos elementos reutilizados.

La Biblia aconseja: “No pongáis vuestra ilusión en seres de polvo que no pueden salvar”. Santa Teresa formula un axioma lleno de sabiduría: “Solo Dios basta, Él no se muda”. 

Admirado del caudal de arte, de inteligencia, de sabiduría, que se muestra a través de los siglos, quedo en mi interior, a la vez que estimulado, porque lo que se me pide acrecentar la obra de la Creación, sereno, porque estoy llamado a una vida que supera toda contingencia.

Ángel Moreno