Final de la peregrinación: Jerusalén

Vivir en Jerusalén es adentrarse en el misterio de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús. De mañana temprano hemos salido a recorrer las calles, que guardan la tradición del camino que recorrió Jesús desde la Torre Antonia, donde Pilato lo condenó a muerte, hasta el Calvario.

El Via Crucis es una de las experiencias más realista de la peregrinación a Tierra Santa, cuando al recorrer las calles en clima de oración, debemos cruzar piquetes de soldados, y encontrarnos con quienes van a sus trabajos.  El canto continuo, y las paradas en las distintas estaciones jalonan el camino hasta el Santo Sepulcro. 

Hemos vuelto a sentir la Providencia, porque al ver por la tarde cómo estaba la plaza y el templo del Santo Sepulcro, abarrotada de peregrinos, nos hemos dado cuenta del privilegio que ha supuesto llegar a la undécima estación, ya en el Calvario, y no tener a nadie delante para venerar, tocar con nuestras manos y besar la roca donde se certifica estuvo clavada la Cruz del Señor.

Nuestro programa era rezar todas las estaciones y volver a tomar el autobús, para subir a lo alto del Monte de los Olivos, pero al llegar a la Anástasis, y ver el poco número de peregrinos, hemos venerado también el recinto sagrado que pudo ser el sepulcro del Señor. Hemos podido comprobar el testigo del trabajo que se hizo en el siglo IV, encargado por Santa Helena, de cortar la roca viva, para dejar exento el espacio del sepulcro del Señor.

Sabemos que está vacío el recinto más significativo de nuestra fe, pero, sorprendentemente, es uno de los lugares y momentos en los que más se siente la presencia del Resucitado. El día ha pasado colmado de visitas por los senderos del Monte de los Olivos. La tarde se ha consagrado enteramente a vivir el recinto más evocador de nuestra fe, en el que cabe contemplar el paso de los siglos y los vestigios que testifican cómo desde el principio, sobre todo desde el siglo IV, el lugar del Calvario se ha convertido en meta de peregrinaciones.

Este año estamos sorprendidos de la multitud de grupos que colman las calles, las iglesias, los recintos históricos que hacen relación a la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Es un privilegio poder mirar el rostro de la Virgen María y hacer ante ella la súplica secreta de tantas intenciones como llevamos en el corazón, alguna de ellas nos legan en el preciso memento de la oración. “El Señor es mi Luz y mi salvación. El Señor es la defensa de mi vida, ¿Quién me hará temblar?

Después de pasar por Belén, y por Emaús, donde hemos celebrado la última eucaristía, nos hemos dirigido al aeropuerto. En el trayecto aún nos ha dado tiempo para visitar en Yafo, Jafa, la iglesia de san Pedro.

Gracias a Dios todos los peregrinos nos encontramos felices en el aeropuerto, y la evaluación de todos ha sido muy satisfactoria y de gran hondura espiritual.

Gracias por vuestras oraciones. Nosotros hemos rezados por vosotros.