XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Dt 6, 2-6; Sal 17; Hbr7, 23-28; Mc 12, 28b-34

Al escuchar el texto del Deuteronomio que se proclama en la liturgia de este domingo, es posible que lo interpretemos en clave moralista, al tratarse del precepto principal, que nos exige la respuesta ética de cumplir la ley. Ante esta interpretación puede surgirnos cierta resistencia, como cuando se nos obliga a algo, sobre todo si percibimos exigencia.

Si observamos la selección de los textos que escoge la Iglesia para este domingo, podemos constatar que hay un verbo que se repite en la primera lectura, en el salmo, en la antífona del Aleluya y en el Evangelio, y es el verbo amar. 

En griego hay tres verbos diferentes para expresar la relación afectiva, que normalmente en castellano traducimos de la misma manera con el verbo amar. En las lecturas de este domingo, el evangelista san Marcos usa el verbo “agapao”, “άγαπάω”, que es la forma más noble, gratuita y teologal de relacionarnos, tanto con Dios como con el prójimo. Es importante observar que el Maestro emplea el mismo verbo, tanto para la relación con Dios, como para la que mantenemos con nuestros semejantes.

Solo con la clave de la relación amorosa, que encierra el término bíblico, se comprende la exigencia del mandamiento, no tanto como obligación, cuanto como necesidad. Cuando se ama de verdad, se desea complacer a quien se ama. El salmista lo expresa de manera emblemática: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza”. Y Jesús afirma: “El que me ama guardará mi palabra”.

Siempre es importante interpretar las Escrituras desde lo que dice el texto, pero aún más cuando de ello depende que nos sintamos llamados a un trato entrañable, enamorado, y no solo a uno de cortesía o a una expresión protocolaria, y menos aún a un sometimiento legal. 

El secreto del cristianismo reside, precisamente, en la relación que Dios desea establecer con nosotros, aunque tenga su proceso, y debamos, como el apóstol Pedro, pasar del querer al amar; de la amistad al amor; del cumplimiento del mandamiento a la relación que es necesidad de amar, por sentirnos amados.