Exaltación de la Santa Cruz

(49 aniversario de mi ordenación sacerdotal)

La fiesta en honor de la Santa Cruz, que se celebra el 14 de septiembre, conmemora el aniversario de la dedicación de la basílica de la resurrección de Jesucristo en Jerusalén, el 13 de septiembre. La Cruz se venera como trofeo del Resucitado.

Cabe mirar el signo cristiano por excelencia de muchas maneras: como contraseña identificativa, como señal indicadora de lo sagrado, o como emblema y condecoración. Lo más acertado es contemplar a Jesucristo triunfador de la muerte, signo de esperanza. La Cruz sin Cristo o Cristo sin Cruz limita la verdad plena del Misterio Pascual. El pueblo cristiano celebra la “Fiesta del Cristo”.

 

No es indiferente que la Exaltación de la Santa Cruz sea a los cuarenta días de la fiesta de la Transfiguración. La Luz del “Monte Alto” se proyecta sobre quien es “levantado en alto”. El Crucificado es el Resucitado. La luz transfiguradora nos libera de polarizarnos de manera dolorista en la Pasión del Señor, y nos permite descubrir el sentido del misterio de la entrega total de Jesús, el Hijo amado de Dios.

CONTEMPLACIÓN

Te contemplo, Señor, en tu subida a lo alto del Monte Calvario, y percibo que no estás ahí por demostrarnos un valor sobrehumano, ni para exigirnos una correspondencia heroica con tu entrega.

He comprendido que en tu ofrenda no se esconde ningún juicio acerca de quienes se sienten débiles, ni empeño alguno por conquistar méritos, como quien se pone una meta para alcanzar el premio.

No eres un asceta, ni te fías de tus fuerzas para emprender la subida que asciende hasta lo alto del madero. Ni eres una víctima irremediable de los poderes de este mundo.

No subes a la Cruz por tu voluntad, como si el heroísmo te mandara ofrecer tu vida para no escandalizar a tus seguidores. Te fías de tu Padre, vas en obediencia. Y no puede ser que tu Padre sea sádico, y que, despiadado, te envíe a realizar una tarea imposible, sobrehumana.

Alguna razón diferente tiene que haber para que tu vida termine de forma tan cruel. Y me resuena la voz del cielo: “Este es mi Hijo, el amado”. Solo es explicable tu Cruz por el amor, un amor divino, que sobrepasa nuestra manera de pensar, y nos permite contemplarla no tanto como signo de tormento, cuanto como testigo del amor más grande: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los amigos”.

En tu Cruz está el amor de Dios, en tu cruz está tu amor por mí, en tu Cruz está mi posibilidad de amar aun en la debilidad. Nos enseñas la clave del seguimiento: el amor.