María, mujer interior

En la fiesta del nacimiento de la Virgen María, se acumulan muchas felicitaciones que dan cumplimiento a la profecía que ella misma pronunció: “Me felicitarán todas las generaciones”. A María de Nazaret la llamamos con mil nombres. San Juan Pablo II la llamó “Mujer eucarística”; el papa Benedicto XVI la contempló como la primera custodia que transportó el Cuerpo y la Sangre de Cristo; Francisco la ha llamado “Virgen de la prontitud”… Sin duda, se pueden añadir innumerables nombres con los que la invocan y la festejan los pueblos.

En los últimos tiempos, hay un afán en las escuelas católicas y en las comunidades cristianas por educar en la interioridad. Se publican métodos, experiencias y preocupaciones ante el reto de lo que se ha venido a llamar una cultura líquida, sin forma, sin consistencia.

 

Al orar el cántico del Magnificat, encuentro en María un modelo para quienes desean crecer en interioridad cristiana. La Virgen Nazarena, en su visita a Isabel, proclama, desde el fondo de su ser, desde lo más íntimo de su alma, las maravillas que ha hecho Dios en ella.

Si ahondamos en las expresiones marianas, el alma y el espíritu pueden referirse a la mente y al corazón, como pide  el mandamiento principal: “Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 5). Jesús enseña que lo que sale de dentro es lo que califica las acciones de la persona (cfr Mc 7, 1-23).

María proclama desde el fondo de su ser, desde el centro de su corazón, lo que medita y lleva en su interior. Las manifestaciones de María no son fruto de una eventual provocación, ni de circunstancias sociales provocadoras de extroversiones primarias, sino que las palabras de la escogida por Dios para ser su Madre nacen del hondón del alma, consciente de que cuanto le ha sucedido es gracia, derroche de misericordia divina.

María no reivindica para ella otras cosas que su humildad; todo lo demás se debe a la gratuidad de Dios. La verdadera interioridad no se queda en un narcisismo autocomplaciente o depresivo, sino que quien en verdad la vive, reconoce la presencia interior que habita su ser y sobrecogido, exulta de alegría, de paz y de consolación.

San Lucas reconoce la virtud de la joven madre cuando señala por dos veces: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19.51).

En verdad podemos contemplar a María como mujer interior, maestra de vida espiritual, mujer creyente, consciente del misterio que alberga, y reivindicadora de Quién es la razón de su privilegio: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.