XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Dt 4,1-2.6-8; Sal 14; Sant 1, 16b-18.21b-22.27; Mc 7, 1-814-15.21-23

Hemos comenzado el mes de septiembre. Para muchos es el retorno de las vacaciones, el momento de reiniciar las tareas acostumbradas con posible síndrome posvacacional.

Durante el tiempo libre, es posible que haya habido algún exceso en la comida y en la bebida y que ahora se desee hacer alguna dieta. Con cierta frecuencia nos llegan noticias de personas muy sensibles y espirituales que se imponen un régimen vegetariano, o se abstienen de ciertos productos alimenticios, sin que sea una prescripción médica, ni haya razón de salud física, pero con esa disciplina intentan lograr un estado de ánimo más sereno y una mente más clara. 

La tradición monástica de muchas religiones, también de la cristiana, recomienda la alimentación saludable, y ante todo, la sobriedad. Es práctica religiosa el ayuno y en algunos momentos la abstinencia de carne.

No obstante el beneficio que puede hacer la continencia en la comida, el Evangelio no estigmatiza ningún alimento: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Sin embargo, advierte sobre el daño que producen la maledicencia, los malos pensamientos y deseos, que son los que realmente perjudican a la persona.

Un riesgo que siempre se corre cuando se pone énfasis en la ascesis es creerse más perfecto si se la practica. Cabe que se llegue a convertir las dietas en preceptos religiosos para darse uno a sí mismo conciencia de cumplidor. Esta costumbre es engañosa y un tanto pelagiana, como advierten hoy las lecturas: El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Si el autocontrol en las comidas es una reacción oportuna y beneficiosa para la salud y significa cierta sensatez, la verdadera sabiduría para un creyente proviene del conocimiento y de la práctica de las enseñanzas reveladas. “No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos”. 

Que no nos acontezca la paradoja de ser muy fieles a normas de higiene alimenticia y descuidemos lo más importante: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.