XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Jos 24,1-2ª. 15-17.18n; Sal 33; Ef 5, 21-32; Jn 6, 60-69

La Palabra nos lleva al límite de la profesión de fe. Y no por amenazas, sino como opción libre y consciente de quien sabe que solo Dios es Dios, y se fía de Él a pesar de los halagos que ofrece la realidad mundana inmediata.

Tanto la primera lectura como el Evangelio nos dicen que es posible que nos apartemos del Señor, como lo hacen tantos contemporáneos. En el caso del pueblo de Israel, una vez que ya está en la tierra de la promesa y no depende del maná, sino que puede comer del fruto de su trabajo, tiene la posibilidad de marcharse con los dioses paganos. Y en el caso del Evangelio, ante la desbandada de discípulos, Jesús pregunta a los más íntimos si también desean marcharse. 

En ambos textos se presenta la respuesta creyente. El pueblo de Israel confiesa: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!” Y los apóstoles responden al Maestro por boca de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.”

El salmista se une a la opción radical de confesar al Señor como único Señor: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor”.

Con las lecturas que se nos proponen este domingo, cabe reflexionar sobre nuestra pertenencia creyente cristiana. Quizá a esta altura del verano hemos podido dar culto a algún ídolo, como es el consumo, la vanidad o la sensualidad, y haber quedado un tanto apartados de las prácticas religiosas y de la oración por el deseo de descansar.

Bien sabemos lo que sacia y lo que agota. A nada que uno sea sincero consigo mismo y tenga la conciencia formada, descubre que solo Dios da paz al alma, aquieta el corazón, satisface el deseo de plenitud. Las palabras del Señor son espíritu y vida. 

Aun en el caso de que hayas caído rindiendo culto a lo que no satisface, siempre tienes oportunidad de volver al manantial de aguas frescas, a la mesa del Señor, y como hemos escuchado durante todo el mes, a gustar y a ver qué bueno es el Señor.