XI Domingo del tiempo ordinario

Ez 17, 22-24; Sal 91; 2 Cor 5, 6-10; Mc 4, 26-34

¿Qué rama y de qué cedro arrancará Dios el esqueje, para plantarlo sobre el monte alto? ¿Qué semilla se convertirá en el arbusto más alto, de tal manera que llegue a ser cobijo para las aves? 

Seguro que caben muchas interpretaciones de las imágenes que son como profecías y parábolas que nos presentan las lecturas. En ellas quiero ver una referencia a la Cruz. La expresión profética que señala la acción divina de cortar una rama de un cedro alto y de plantarla “en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta”, me trae a la memoria la expresión de Jesús: “Cuando yo sea levantado en alto”.

Si interpretamos la imagen de la rama del cedro más alto y la del arbusto de la semilla más pequeña en clave de la Redención, y constatamos que se convierten después en hogar para las aves -“Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas” (Ez)- y que  la semilla de la mostaza “echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas” (Mc), nos abrimos a un significado muy profundo y existencial de las lecturas, al encontrar en ellas resonancias de la Cruz de Cristo.

Mas ¿cómo puede convertirse la Cruz en hogar, en cobijo, en resguardo? Y salta la concurrencia de las expresiones bíblicas: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

El secreto para descubrir cobijo en la Cruz es la confianza, de tal forma que quien se abandona en manos de Dios, como lo hizo Jesús, se convierte a su vez en cedro frondoso. “El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios”.

Jesús se nos ofrece en la Cruz como cobijo para nuestras intemperies. Su costado abierto es imagen de la hendidura del roquedal en lo escarpado de la montaña, donde guarecerse en el momento del temporal y en el agotamiento de la escalada. 

La Cruz es señal en el horizonte, punto de mira que indica el camino verdadero, y quien se atreve a abrazarla, descubre la verdad de la Palabra al experimentar la fuerza, la sabiduría, el amor que se deja sentir en los momentos de la prueba, cuando se trasciende y se ilumina desde el Crucificado.