El Misterio del Amor de Dios

Muy queridos en Cristo Resucitado, Sacramento de Amor para nosotros y para el Mundo entero: “Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en ti” (Is 64, 3). Y en una de sus cartas, san Pablo añadió: “ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para quienes le aman” (1Co 2, 9). Este texto, que se proclamó en el Oficio de Lectura de La Santísima Trinidad, nos ayuda muchísimo a nosotros, cristianos del s. XXI, demasiado habituados a validarlo todo con el método científico y descartar aquello que no lo supere. Sin embargo, Dios existe, todos nosotros somos sus testigos. Cada día en nuestro encuentro personal con Jesús en la oración, nosotras libramos un combate para salir de nosotras mismas y abrirnos a Su voluntad:

       - Para escapar a la tiranía social de la autosuficiencia.

- Para que la escucha de su Palabra sea el faro que ilumine nuestros pasos.

Y nos descubrimos pobres, necesitadas de su Misericordia y de la ayuda y guía de las hermanas y de la Iglesia. Somos Comunidad, Pueblo de Dios, imagen de la Santísima Trinidad, que es Comunidad de Personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, no individuos aislados. Compartimos la fe y los dones que de Dios recibimos.

Por tanto, sin miedos, dejemos descansar nuestro corazón en Dios, en el Amor concreto que nos tiene a cada uno. Como el discípulo amado, podemos recostarnos en el pecho del Señor. Nadie nos conoce como Él, dice san Pedro: “Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1Pe 5,7). A diario, en nuestro caminar hacia la Casa del Padre, abandonemos todo empeño de querer comprender a Dios y entender nuestra vida. Como decía el mayor de los seis hermanos, que perdieron a sus padres en accidente de tráfico el día de san Isidro: “A Dios no hay que entenderle, hay que quererle”. A esto creemos que, nos llama el Señor, a vivir en el Misterio del Amor de Dios, muchas veces en el Misterio de la vida, en medio de esta sociedad convulsa por tantísimos acontecimientos y sufrimientos que ni se pueden concebir. A ser personas de fe como nuestros padres y abuelos: “¡Bendito quien confía en el Señor y busca en Él su apoyo!” (Jer 17, 7).

El pasado domingo, Corpus Christi, en el himno del Oficio de Lectura se decía y repetía este verso: “Cristo en todas las almas y en el mundo la Paz”.  Así de sencillo, que Cristo sea nuestro Único Señor y que nuestra vida sea eucarística, entregada y sacrificada por nuestros hermanos, para que se dejen enamorar y pacificar por Jesús.

Con estas solemnidades, hemos llegado casi al inicio del verano y comienza el aumento del trabajo en Buenafuente del Sistal, un buen momento para reforzar nuestra comunión en la oración. ¡Feliz verano!

Unidos en la oración y en la misión,

vuestras hermanas de Buenafuente del Sistal