III Domingo de Pascua

Act 3, 13-15; Sal 4; 1Jn 2, 1-5ª; Lc 24, 35-48

EMAÚS

Sorprende que los diferentes relatos de Pascua, en los distintos evangelios, estén construidos sobre preguntas directas del Resucitado a los discípulos. Con ello cabe descubrir que Jesús no se impone, sino que deja a los suyos hacer un proceso que la misma pregunta posibilita al tener que contestarla.

Cuando uno responde a una cuestión, quizá descubre en la misma contestación algo que guardaba dentro y que no había formulado, y al pronunciar el pensamiento, se hace consciente de aquello que guardaba en su interior y quizá no había percibido.

Jesús sale al paso de los dos discípulos de Emaús y en vez de sobresaltarlos con la evidencia de su aparición, entabla un diálogo con ellos. Ante la pregunta «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?», les da la oportunidad de relatar su experiencia de pertenencia al Nazareno.

Los discípulos conversaban acerca de los acontecimientos recientes. Jesús, al ver cómo le devuelven la respuesta hecha a su vez pregunta: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»,  les dice: «¿Qué?».

Ese “¿qué?”, los impulsa a contar lo vivido con Jesús, y a retornar así, al recordar y narrar los acontecimientos, al sentimiento afectivo, y no solo a la nostalgia. Momento en que el Maestro hace que comprendan lo sucedido y el sentido de los hechos: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”.

Las preguntas del Resucitado siguen devolviendo a los apóstoles la certeza de la presencia viva de Aquel al que habían seguido. “¿Por qué os alarmáis?”, “¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?” “¿Tenéis ahí algo de comer?”.

A veces en nuestras conversaciones, incluso sobre temas importantes, somos demasiado contundentes y asertivos, y no dejamos lugar a la duda, o al proceso de asimilación, con lo que en vez de producir apertura, provocamos rechazo o bloqueo.

El papa san Juan Pablo II, en su última visita a Madrid, afirmó: “La fe no se impone, se propone”. Jesucristo pasa por la vida de los suyos de manera discreta, hasta el extremo de que en un primer momento no lo reconocen. Y suscita la adhesión creyente.