La Encarnación del Señor

La fiesta de hoy puede contemplarse desde María, pero sobre todo mirando a Dios. La joven nazarena, de manera inesperada, se siente elegida, amada, llamada, visitada por la gracia, y convertida, con su obediencia al Ángel, en Madre de Dios. Desde este momento, aunque nadie se enteró, el mundo fue distinto. Ya no solo era el lugar de todas las idolatrías, violencias, afanes humanos. En una pequeña aldea de Galilea, Dios se hace hombre, y la historia y la naturaleza devuelven al Creador la ofrenda de la belleza y de la bondad, la respuesta obediente y el amor de las criaturas.

María, la mujer bendita, se convierte en la nueva Eva. Ella nos da el fruto bendito de su vientre a todos los humanos, a quien iba a decir de sí “Yo soy el Pan de Vida”, como reparación de aquella otra invitación primera, por la que la mujer dio a Adán de comer del árbol prohibido. 

Si la mirada a María nos trae resonancias tan esperanzadoras. La contemplación del envío del Hijo de Dios al mundo, para que compartiera en todo la fragilidad mortal, salvo en el pecado, nos ofrece hoy mismo una experiencia consoladora.

Sin ánimo combativo, puedo afirmar como testigo, que existe el sobrenatural; existe la gracia, el don derramado de Dios sobre el ser humano, y no solo de manera especial y única como lo hizo en María. A lo largo de la historia, son muchos los que testimonian cómo ha sido cambiado su corazón, cómo han sentido la presencia divina, el paso del Señor por sus vidas.

Por la Encarnación de Dios en María todos somos beneficiarios del don de la Redención. Además, si nos abrimos a la voluntad divina experimentaremos la presencia divina en el fondo del ser, una cierta encarnación. Jesús ha dicho: “Lo que hagáis a uno de estos, mis pequeños, a mí me lo hacéis”. “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer”. “¿Cuándo, Señor? Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”.

La dignidad del prójimo es espejo de la nuestra. En el fondo del ser nos habita el Misterio de Dios, somos templos santos; presencia invisible del Espíritu que nos habita, y que cuando Él quiere se deja sentir y consuela el alma, concede fuerzas para convertirnos en testigos vivos de la vida divina que nos infunde.

¡Existe el sobrenatural! ¡Existe la gracia! ¡Existe el don de la misericordia divina! La he sentido en muchos y en mí. Y doy gracias a Dios, e invoco a su santa Madre con el cántico del Magnificat, en el corazón de la Iglesia, el día de la Divina Misericordia.