Domingo de Ramos

Mt 21, 1-10; Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15,47

A la hora de meditar hoy las lecturas que nos ofrece la Liturgia, me fijo en la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por la multitud como Rey, y Bendito porque viene en el nombre del Señor. Al inicio de la celebración de la Eucaristía de este domingo, es tradición y expresión litúrgica la procesión con ramos. Desde esta ceremonia hago mi reflexión.

Los ramos que hoy se portan son de árboles de hoja perenne, árboles que han soportado los rigores del invierno y son testigos recios por haber resistido el hielo y el frío. Evocan a los que están plantados junto a la corriente, que no temen la sequía, y son figura de quienes confían en el Señor.

Históricamente, los que aclamaron a Jesús tomaron los ramos del Monte de los Olivos. Recordando la Escritura, nos viene a la memoria el relato en el que una paloma llevó una rama de olivo al arca de Noé, señal de que la tierra ya estaba seca y habitable. El olivo se ha convertido en emblema de paz, de vida, de convivencia, y se refiere a la tierra de la promesa, a la bendición divina, por lo que simboliza su fruto.

En este sentido, ¿qué significa manifestarse con un ramo de olivo, o de otro árbol de hoja perenne, como es la palma? A los mártires se los representa con una palma en la mano. ¿Quiere decir que quienes se manifiestan con palmas o ramos de olivo desean seguir al Maestro, que sube a Jerusalén a dar su vida?

En las manifestaciones se suelen llevar pancartas o signos que llaman la atención para proclamar la reivindicación de forma más visible. El vidente del Apocalipsis describe la procesión de los que siguen al Cordero, y lo hacen llevando palmas porque han compartido su entrega. ¿Acaso quienes llevan en sus vidas las señales de la Pasión son auténticos manifestantes que se unen a Jesús, camino del Calvario, y sus palmas son sus heridas?

Con esta posible interpretación, quizá no importa tanto llevar palmas, o ramos de olivo, cuanto transformar el propio sufrimiento en trofeo de paz, de amor, de entrega… Y me surge un cántico al olivo: “Ramo de olivo, testigo bendecido, augurio de vida, anticipo de paz, señal de fortaleza, profecía de entrega, de tierra remecida de abundancia, signo del desierto florecido, del huerto hecho almazara, soto de amistad, lugar de plegaria, encendidas las lámparas con el aceite, fruto del olivar”.

Olivar, herencia prometida, que junto al trigo y al mosto eres despensa en la mesa de la familia, del pueblo asentado en tierra propia, que rinde el aceite copioso para encender la lámpara de la oración y ungir al que, enamorado, entra como príncipe real y exhala perfume de heredero. 

Quien lleve en sus manos las señales de compartir la ofrenda de la vida se vincula para siempre al triunfo del Nazareno, y el cántico del Hosanna anticipa el himno que entonan los que suben vestidos de blanco a la cima del trono sagrado del Rey de reyes.