II Domingo de Cuaresma

Gn 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom 8, 31b-34; Mc 9, 2-10

COMENTARIO

Hace unos días reflexionábamos sobre la alianza de Dios con Noé; decíamos que en ella se había revelado un Dios de paz, que colgó su arco de guerrero en el cielo y prometió que no iba a matar ya al hombre. 

Hoy la Liturgia de la Palabra nos ofrece un texto dramático y a la vez sobrecogedor. Abraham, que llega a la tierra de los cananeos, ve que los habitantes de aquel país ofrecen sacrificios humanos para aplacar a sus dioses. En ese ambiente religioso pagano, él siente que también deberá ofrecer a su propio hijo a Dios. Y cuando se dispone a sacrificarlo, la voz del cielo lo detiene y oye una de las expresiones más transformadoras en el culto a Dios: “¡Abrahán, Abrahán!” Él contestó: “Aquí me tienes.” El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada”. Desde este momento, no solo Dios no matará al hombre, sino que tampoco se complace en los sacrificios humanos como oblación religiosa. 

San Ireneo afirma: “La gloria de Dios es que el hombre viva. Y la vida es visión de Dios”. Todo lo que signifique respeto a la vida es manifestación de la gloria divina.

El ángel del Señor señala al cordero trabado en una zarza, imagen profética del verdadero Cordero de Dios, el Hijo amado, que se ofrecerá a Sí mismo en rescate por todos. San Pablo se hace eco de esta ofrenda redentora: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?”

El Evangelio presenta el momento de la Transfiguración, en el que se oye la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado”. Es fácil encontrar la correspondencia entre el hijo amado de Abraham, que se libró de ser sacrificado, y el Hijo amado de Dios, que se ofreció como víctima para que ningún hijo de los hombres perezca.

Los textos bíblicos no son narraciones sobre algo que sucedió, son revelación viva, y hoy yo puedo sentir que gracias a la ofrenda de Jesús, se me ha devuelto la vida de la gracia, del perdón y la posibilidad de sentirme amado de Dios, hijo amado suyo.

No es pretencioso personalizar los textos y dejar que toquen el alma, y sentir inmerecidamente la invitación a subir con Jesús a lo alto de la montaña para contemplar su rostro de luz. Si acontece durante el camino espiritual la experiencia consoladora de sentir el amor del Señor, será una referencia liberadora y fundante. 

Te deseo que gustes la luz del rostro de Jesús y que vivas la experiencia de sentirte amado y mirado por Él.