IV Domingo del Tiempo Ordinario

Dt 18, 15-20; Sal 94; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28

COMENTARIO

Por los textos que la Iglesia ha seleccionado para la Liturgia de la Palabra de este domingo, comprobamos que los pasajes del Antiguo Testamento contienen un sentido profético, que se descubre y realiza en Jesús.

Si Moisés anuncia de parte de Dios: “Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis”, el Evangelio alude al asombro de los habitantes de Cafarnaúm al escuchar la sabiduría del Hijo del carpintero, de Jesús de Nazaret: “Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”. 

Jesús es el profeta. Él es quien nos habla de parte de Dios. A Él es a quien debemos escuchar. De su Palabra hecha vida depende nuestra mayor alegría y la plenitud posible. Jesús tiene poder para liberarnos de nuestros demonios, y nos deja experimentar la gracia de ser hijos de Dios.

Ante estos textos, la invitación nos la dicta el salmista, y es lo que nos corresponde a nosotros: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».”

El apóstol, sin ánimo de violentar la conciencia, se refiere a la forma de vida cristiana que imita el modo de Jesús y de su Madre como ejemplo para seguir, pero no como exigencia, ni como imposición, sino como propuesta para quien sienta la gracia y la posibilidad del celibato.

Hoy la familia está herida; las relaciones humanas padecen a menudo desazón; los jóvenes buscan la felicidad y no la encuentran, la sociedad sufre ante hechos violentos. El apóstol nos ofrece un modo de vivir sereno, pero para quien tiene el don. Mas es de sabios conocer lo que dan de sí las cosas, y lo que deja experimentar el Señor cuando, como dice san Benito, no se busca otra cosa que a Dios mismo, y no se antepone nada al amor de Cristo.

Precisamente, el día 26 de enero se celebran los tres monjes llamados rebeldes, los fundadores del Cister, quienes iniciaron una forma de vida discreta, sobria, rural, bajo la Regla benedictina.

Desde la creación del ser humano, se vive la dialéctica de la soledad y de la necesidad de relación. Pero no es insignificante que Dios, al principio hiciera a Adán solo. Como tampoco que Dios invitara a Moisés a subir él solo a la montaña. San Agustín llega a confesar: “Inquieto está nuestro corazón, Señor, hasta que descanse en ti”.