La gran sinfonía de Año Nuevo

Si observamos algunos pasajes de la Sagrada Escritura, descubrimos un lenguaje inclusivo, al iniciarse y concluir con las mismas imágenes, palabras, signos y alusiones a personas. Si tenemos en cuenta que en el primer libro de la Sagrada Escritura ya aparece el arpa, la cítara y la flauta (Génesis 4, 21), y en el último libro de la Biblia, en el Apocalipsis, aparece la referencia a la trompeta (Ap 8, 2). “En los días en que se oiga la voz del séptimo Ángel, cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el Misterio de Dios».” (Ap 10, 7) Podríamos interpretar que la revelación divina se desarrolla como una gran sinfonía, en la que intervienen diversidad de instrumentos y de voces, para ofrecer a toda la humanidad, de manera armoniosa, la verdad revelada, que no es otra que el amor de Dios. En definitiva, la bondad, la verdad y la belleza, que el Creador quiso imprimir desde el principio en todas las cosas, y ante las que fue reconociendo su esencia perfecta: “Y vio Dios que era bueno”, “Kalos”, bueno y bello.

Cantad al Señor un cántico nuevo,  porque ha hecho maravillas.  Aclama al Señor, tierra entera;  gritad, vitoread, tocad.
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Al encontrar la referencia musical que abarca toda la revelación, podemos interpretar los textos bíblicos como verdadera alabanza. Uno de los textos más emblemáticos es el cántico de los tres jóvenes, del libro de Daniel. El autor sagrado repite, al tiempo que recorre los cielos y la tierra, la fauna y la comunidad humana, cuarenta veces la expresión “Bendecid al Señor”, para decir que deberemos bendecir a Dios continuamente.

En los diversos libros sagrados aparecen con frecuencia referencias a los instrumentos musicales. A modo de diccionario, en la Biblia encontramos citados el adufe, el arpa, la bocina o cuerno, las campanillas, el címbalo, las castañuelas, el decacordio, el dulcémele, la flauta, la gaita, la lira, el órgano, la sambuca, el sistro, el tambor, el tamboril, el tímpano, la trompeta, y la zampoña. 

Dos escenas son muy significativas, aunque tengan argumentos contrapuestos. La primera, la subida del arca a la ciudad de David, que el mismo rey acompaña con música y danza. “David danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante el Señor, ceñido de un efod de lino. David y toda la casa de Israel hacían subir el arca del Señor entre clamores y resonar de cuernos” (2 Sam 6, 12-15). La segunda, cuando Nabucodonosor exige a los tres jóvenes que adoren la estatua que ha levantado, al tiempo que suena la orquesta: “En el momento en que oigáis el cuerno, el pífano, la cítara, la sambuca, el salterio, la zampoña y toda clase de música, os postraréis y adoraréis la estatua de oro que ha erigido el rey Nabucodonosor. Aquél que no se postre y la adore, será inmediatamente arrojado en el horno de fuego ardiente».” (Dan 3, 5-6). Desde estas dos citas se puede comprender la doble posibilidad que ofrece la música, la de bendecir, alabar, dar gracias a Dios, o la de pervertirse idolátricamente.