Adviento 2017

Surja como el alba la luz en nuestro corazón, abramos nuestros ojos al despuntar de la aurora. La noche de los tiempos está vencida, lo anuncia el lucero de la mañana.

Es tiempo de despertar, de tomar al salterio sus versos: “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

Es momento de vigilar, de esperar, de buscar: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”.

TIEMPO DE ESPERANZA

La esperanza cristiana no se funda en el deseo de que acontezca lo que a mí me gusta, sino en la Palabra y en la promesa divina, que no revoca nunca lo que ha revelado, aun en daño propio.

Tenemos testigos de esperanza. Desde Abraham a los primeros cristianos: 

“Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor” (1Tes 1, 3)

“Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: “Así será tu descendencia” (Rm 4, 18).

“Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia” (Rm 8, 25).

El papa Benedicto XVI nos dejó en una de sus últimas encíclicas la invitación a la esperanza, y su fundamento teológico, que nos libra del subjetivismo:

“El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe Salvi 2).

Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza (Spe Salvi 3).

Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo. (Spe Salvi 32)

Y nos queda responder: “La fe cristiana, ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? (Spe Salvi 10)