Sagrado Corazón de Jesús

ORACIÓN A LA HUMANIDAD DE CRISTO

Tú has querido, Señor, hacerte hombre, de nuestra carne frágil y mortal, nazareno. Y probaste hasta el extremo el sabor de la naturaleza humana, menesterosa del cuidado entrañable, maternal, amigo.

Tú quisiste poner tus manos en la tarea, y ganar el pan como cualquier otro hombre hasta el extremo de darte a conocer por el oficio de quien protegió tu infancia y a tu madre bendita. Dicen que quizá fuiste carpintero, albañil, entendido en picar piedra en peonadas trabajosas.

Me enseñas a medir las fuerzas cuando te miro sentado sobre el brocal del pozo, o a la ribera del mar, en Galilea, y hasta dormido de cansancio, que ni la tormenta pudo despertarte.

Hay quienes te pintan comedido, bucólico, por aquello del pastor y de las ovejas, o por tu forma de ir de un lado para otro de camino, mirando los trigales, y los viñedos, los árboles frutales, y el horizonte. Pero no por esto fuiste ajeno a mirar el dolor del hombre, la estrechura, y sobre todo no fue incompatible tu ser contemplativo con la fuerza y el carácter de quien lleva una determinación arriesgada al proponer el amor, el perdón, el servicio, la radicalidad como forma de vida.

Me ayuda verte necesitado de amistad, rodeado de los tuyos, deseoso de estar en sitios apartados para disfrutar de conversación íntima. Y que expreses también tus sentimientos de tristeza ante la incomprensión y el abandono de los más cercanos.

No pactas con el lenguaje de la época ni con su cultura, irrumpes trascendente, teologal, orante, reivindicador de los derechos de tu Padre Dios, reclamando respeto a lo sagrado, al Templo y a las personas más pobres. Superas todo dualismo y si reivindicas dar a Dios lo que es de Dios, no es a costa de olvidar la solidaridad humana comprometida.

Dicen que tu mirada era suficiente para sentir muy adentro la atracción del seguimiento, sin discutir la pérdida o la ganancia, porque en ir detrás de tu persona estaba el premio. Así lo comprendieron quienes te amaron. Y así lo demandaste al que quisiera seguir tus enseñanzas.

Eres Hermano, Maestro y Padre. Eres amigo, compañero y Señor. No me dejas perecer en mi indigencia, por más que me sé distante en la fidelidad a tu llamada. Mas eres Tú siempre quien acorta el trecho, que va de tu mirada a mis entrañas, y me dejas de nuevo sentir el atractivo de tus ojos, por saberte siempre acogedor, hecho perdonanza. 

No te pido nada, solo sé que si no te pierdo de vista, me quedará al tiempo la esperanza de que pases a mi lado y con tan solo que me roce tu manto, alargues tu mano o extiendas tu mirada, se producirá en mí el movimiento renovado de seguirte. A fin de cuentas te has mostrado vulnerable, con el corazón abierto, para que yo no tenga excusa en mis exilios.