Oración a la Santísima Trinidad

¡Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, Trinidad santísima! No te veo y me abrazas. Me supera tu misterio, y me habita. Quiero bendecir tu santo nombre: ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!

Sin embargo, aunque no te veo, si pienso en quién me ha dado el ser, de quién procedo, surge en mí la relación agradecida a tus manos, pues Tú me formaste en el seno materno, Tú me sostenías en el vientre de mi madre, Tú tejiste mi existencia. Tú amasaste mi barro, Tú eres mi Hacedor y yo soy tu criatura. Y por gracia me permites que te invoque entrañablemente y me dirija a ti como a Padre, y hasta que pueda llamarte “papá”. 

Cuando me pregunto por mi identidad, hay momentos en los que me asalta la decepción, por sentir tan fuertemente mi pobreza. Y en esas circunstancias, me viene a la memoria la Palabra revelada, que me asegura que he sido hecho no solo por ti, sino a imagen tuya, a imagen de tu Primogénito. Mi naturaleza, por tu designio de amor, es semejante a la que tomó tu Hijo en el seno de la Virgen Nazarena. Mi carne es en verdad la túnica de tu Hijo amado, por la que puedo saberme hermano suyo. Por la Encarnación de tu Hijo, nacido de mujer, puedo establecer con Él la relación fraterna, amiga y compañera; con Él, que nos reveló tu amor divino y nos ha salvado de perecer en nuestra pobreza. En verdad me has hecho coheredero con Cristo, heredero tuyo. ¡Soy hermano de Jesús!

Si en algún momento me toca la ráfaga de la soledad, o me hiere el frío del vacío,  o me acrisolan el páramo y el desierto; si toco el abismo y me asalta el vértigo, me dejas sentir la voz interior y hasta el susurro íntimo, que me ha llegado a transmitir insospechadamente la conciencia de que soy habitado, y de que nunca estoy solo. Esta relación espiritual y sagrada no es invento, me surge a veces en los momentos más inesperados y me deja gustar un acompañamiento paradójico, pues se deja sentir en las encrucijadas aparentemente más adversas.

No te veo, pero te invoco como a Padre; no llego a comprender tu misterio, pero te has revelado humano, fraterno, amigo; no es imaginación la percepción íntima de tu voz, de tu presencia, de tu amor en lo más interior de mí mismo.

Por todo ello, Santa Trinidad, te adoro, te bendigo, te doy gracias, y te ruego que no abandones la obra de tus manos, la que redimió tu Hijo con su Cruz, y la que ha ungido el Espíritu Santo convirtiéndome en realidad sagrada, y no solo a mí, sino a todos mis semejantes.

Bendíceme, Padre, Hijo, y Espíritu Santo