Pentecostés: Remecidos del Espíritu Santo

Observa cómo narran las Escrituras la creación del universo: “La tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1, 2). Y cómo el ser humano se convirtió en ser vivo: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2, 7). En ambos textos interviene el Espíritu de Dios, su hálito divino.

Si la obra primera comenzó por la acción del Espíritu, Dios realizó la obra suprema por gracia del mismo Espíritu: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 30-35). Y Jesucristo consumó el proyecto de la Redención, entregando su espíritu: “Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 30). 

María, la madre de Jesús, lo fue por gracia del Espíritu Santo. Elevada a ser la madre de todos los hombres, madre de la Iglesia, inició su maternidad universal colmada del don supremo de su Hijo, el Espíritu Santo, cuando el día de Pentecostés, reunida con los discípulos de Jesús en el cenáculo, fue ungida con el fuego divino.

La Iglesia nace del don total de Jesucristo, de su costado abierto. Ella es la esposa, la amada, la inundada por los dones del Espíritu, y la que mantiene en su recinto a los que esperan el advenimiento definitivo del Señor, y eleva su cántico junto con el Espíritu, en permanente oración: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y quien lo oiga, diga: «¡Ven!» Y quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente” (Ap 22, 17).

La creación, la Redención y la santificación son obra del Espíritu Santo. Al comienzo de su vida pública, Jesús fue señalado por el Espíritu como el Cristo, el Mesías, el Ungido. María fue la colmada de gracia, la llenada del Espíritu Santo; la Iglesia es la depositaria de los dones del Espíritu Santo. Tú eres habitado por el amor de Dios, y por ello, eres templo del Espíritu.

En una lectura amplia de los textos bíblicos se puede observar la ubicación de las referencias al Espíritu Santo en los momentos de inicio y de consumación; así se nos dice que el Espíritu del Señor lo llena todo, lo remece, lo reaviva, y esta presencia es motivo permanente de esperanza, pues el Espíritu se derramó incluso en los no bautizados.

Agradece al Señor su don supremo, el amor con el que te sostiene y te acompaña, su Espíritu Santo. Por Él estás vivo, eres sensible, percibes la belleza, el amor, y eres capaz de amar y de acrecentar la obra del Creador gracias a los dones que posees, derramados sobre ti por el Espíritu.