Manos tendidas del Resucitado

Querido amigo:

Quizá, como les sucedió a los discípulos de Jesús, tú también sientes la tentación de encerrarte en tus cenáculos, un tanto dolorido, por causa de algún fracaso emocional o afectivo, social o laboral. En esas circunstancias, Jesús resucitado es capaz de atravesar los muros de tu encerramiento, abrir tu puerta atrancada, y ofrecerte la paz, al mismo tiempo que te extiende las manos con las señales de su Pasión.

Es posible que no llegues a dar crédito a que sea posible tal visita, argumentando con el dramatismo de tu dolencia, pero Él tiene la opción de bajar hasta lo más profundo de ti, hasta llegar a tu más íntima intimidad y declararte su amor. 

Acaso, más que encerrarte, lo que has decidido ha sido huir, apartarte, romper tu pertenencia al grupo o a la comunidad de fe, justificándote en hechos desoladores, que te han llevado al escepticismo, a la decepción, y con dolor has preferido abandonar las referencias que hasta ahora daban sentido a tu vida. En esas circunstancias, Jesús resucitado te mira, te comprende, y camina a tu lado de manera discreta, sin imponerte su presencia, y recorre contigo el tramo del camino más oscuro y penoso por la desolación que sientes.

El Resucitado te deja decir tus sentimientos, tus anhelos insatisfechos, tus críticas, pero después de haber vaciado toda tu tristeza, te ofrece una interpretación diferente de los hechos. Es posible que con la nueva luz, aquello que juzgabas negativo y desestabilizador, se convierta en el detonante para consolidar y acrisolar tu fe, tu pertenencia comunitaria, y hasta eclesial.

Te aseguro que si escuchas la Palabra y superas tus prejuicios, vas a volver a tener necesidad de compartir la fe. No sé si de volver al mismo grupo, sería bueno, pero en cualquier caso, descubrirás la necesidad de caminar junto a otros, como les sucedió a los discípulos de Emaús.

Me puedes argumentar que en tu caso no solo se da el encerramiento o la huida, sino que te percibes con crisis de fe, que ya no sabes si en verdad crees, porque es demasiado duro lo que te ha pasado y no deseas consolarte con palabras piadosas. Respeto tu dolor, tu resentimiento y tu soledad.

Pero te recuerdo el caso del apóstol santo Tomás, que llegó también a la incredulidad, y se resistió a dar fe a los testimonios de sus compañeros. Y justamente cuando se obstinó en su soledad, el Resucitado le alargó las manos para que sintiera en las huellas de su Pasión el argumento de la mayor solidaridad. 

Presiento que cuando nos encontremos cada uno al final de nuestra andadura, representada en la octava pascual, y nos reciba Aquel que ha padecido tanto por nosotros hasta el extremo de dar su vida, caeremos de rodillas, confesando: “Señor mío, y Dios mío”, y Jesucristo nos abrazará a pesar de nuestra incredulidad vergonzante.