Diccionario cuaresmal 30

PECADO

En el Tiempo de Cuaresma es constante la llamada a la conversión y a la reconciliación. Amabas actitudes significan abandonar el pecado.

Convertirse es dejarse mirar por Dios y saberse bajo su mirada. Cuando esto sucede, el alma se ilumina, y en el espacio interior, a la vez que se siente la atracción de la luz, se descubre la propia pobreza, debilidad y pecado, y surge la reacción humilde de la súplica del perdón.

El pecado es la obstinación de vivir ignorando a Dios, por no querer, de una u otra manera, reconocer que Él es el único Señor. Por el pecado se da la espalda al amor divino y entra en el corazón la oscuridad que produce el egoísmo, toda idolatría, bien sea del poder, del tener o del placer. 

El pecado hace encerrarse en el narcisismo egolátrico por el yo que se yergue ostentoso, ensimismado, cerrándose a la misericordia, e insensible a la belleza, a la bondad y a la verdad reveladas en la creación, en el rostro del prójimo y en la profundidad del ser.

El pecado rompe la relación trascendente, encierra en la desesperanza, impide contemplar el rostro divino que habita el interior del ser, esclaviza, exilia, secuestra, hunde y deprime, entristece, endurece el corazón. Sin embargo, el pecador sigue siendo amado por Dios, quien le invita permanentemente al retorno, a levantarse de la postración deshumanizadora.

Dios tiene poder para perdonar, y nada es más que Dios. Cabe incluso que el pecado se convierta en ocasión de gracia y de misericordia, de reencuentro con el abrazo entrañable del perdón.

Ha habido personas que, una vez probado el mayor exilio, como le ocurrió al hijo pródigo, en el momento de su mayor distancia de Dios, reconocieron su pecado, y convertidos, llegaron a ser testigos del perdón. San Agustín confesó: “Feliz culpa que nos mereció tal Redentor”. Santa Micaela exclamó: “Dichosos pecados que me merecen de Dios tanta paciencia”. 

Gracias al Espíritu Santo que nos habita, la voz interior subyace en la conciencia y no cesa de sugerir el retorno. Nunca podremos decir que no tenemos remedio, ni argumentar que Dios no nos puede perdonar. Jesús ha venido al mundo precisamente para ofrecer el perdón a los pecadores y la salud a los enfermos.