Diccionario cuaresmal 28

RESURRECCIÓN

Las lecturas de este día nos sitúan en dos escenarios relacionados con el agua. Tanto el manantial que brota del lado derecho del santuario, como la piscina de Betesda, junto al Templo de Jerusalén, son dos referencias explícitas a la novedad de vida.

La corriente que nace del templo y a su paso va regando tierras con las aguas del santuario hace brotar a sus orillas árboles frondosos, que no temen la sequía, y permanecen verdes, lozanos, símbolo de vida aun en tiempo de estío. Con esta imagen se profetiza el auténtico manantial del templo más santo, el costado de Cristo. De él sale sangre y agua, el regalo de la Iglesia, los sacramentos que dan vida. Y de manera especial la da el bautismo, por el que renacemos y nos incorporamos a la corriente de gracia, que nos santifica y nos permite permanecer siempre como profecía de la vida nueva, que no acaba, la que nos regala el Resucitado.

Precisamente en la piscina Probática, lugar donde lavaban los corderos para el sacrificio ritual, se encuentra un hombre tendido durante toda su vida, 38 años, sin poderse ponerse en pie, signo de dignidad, sino que permanece echado en su camilla, porque no llega a tiempo cuando se mueve el agua que cura con su corriente.

En esas circunstancias, se acerca al paralítico Jesús, que será presentado como el Hombre pleno. El efecto de su proximidad es el que el tullido intentaba conseguir vanamente echándose el primero a la piscina. El Maestro mira al enfermo, habla con él, y le ordena: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Y aquel que estaba postrado, destruido, sin dignidad, se pone en pie y erguido echa a andar: se incorpora a la sociedad como hombre nuevo.

Jesús es quien nos concede la vida, la posibilidad de comenzar de nuevo, de levantarnos, en anticipo de resurrección, y de convertirnos en personas fecundas, signos de ilusión y de vitalidad, gracias a la mirada del Hombre perfecto, que restaura nuestra pobre y débil naturaleza.

Camino de la Pascua, la contemplación de las riberas del río sagrado y la exultación del tullido, que salta de su camilla y se pone en pie, adelantan la novedad de vida que se nos da gracias al Resucitado, quien nos dejó el agua santificada para renacer como hijos de Dios, con la dignidad más alta posible.