Diccionario cuaresmal 19

AGUA

Una de las razones del Tiempo de Cuaresma es que sirva para la gran preparación para la Pascua, fecha en la que los catecúmenos recibirán el bautismo, y todos los cristianos renovaremos las promesa bautismales.

En la travesía cuaresmal, tiempo con resonancias de la cuarentena de años que tardó el pueblo de Israel en llegar desde Egipto, tierra de esclavitud, al país de la promesa, se nos acompañará con textos bíblicos que hacen explícita referencia al agua como evocación profética del sacramento de iniciación cristiana.

Ya al inicio, se bendecirá la ceniza con agua, lo que nos recuerda nuestro propio origen: estamos hechos del polvo del suelo amasado por las manos artesanas del Creador, como vasos de barro en manos del Alfarero divino. 

El paso del Mar Rojo, la roca del desierto, golpeada por Moisés y convertida en manantial, el paso del Río Jordán, la fuente de Eliseo, el oasis de Jericó, la piscina Probática, la piscina de Siloé o el pozo de Jacob en Samaría son figuras que profetizan el agua bautismal, de la que nacemos como hijos de Dios.

Durante los días de Cuaresma, a medida que avancemos, se nos presenta la contemplación de la Pasión de Cristo, y en los relatos evangélicos se alude al manantial de vida, que es el costado abierto del Salvador, del que brota sangre y agua.

Es tiempo propicio de practicar la limosna, y Jesús nos anuncia que hasta un vaso de agua que demos en su nombre no se quedará sin recompensa.

El agua es vida, y el árbol que se planta junto a la corriente no teme la sequía. El justo  es como el árbol al borde de la acequia, y el agua es la confianza que lo mantiene siempre en manos de Dios; por eso no vacila.

El agua purifica, lava las manchas, y el sacramento del agua perdona los pecados. El salmo Miserere (Sal 50), que se reza en tantos lugares como expresión penitencial, suplica: “Rocíame con el hisopo, y quedaré limpio, lávame y quedaré más blanco que la nieve”. 

Es tiempo de purificación y de ejercer la hospitalidad. En Oriente, el vaso de agua que se da al huésped es señal de amistad. Es tiempo de reavivar la gracia recibida en el bautismo, de saber leer todo lo que nos sucede en clave de fe, y ver en las cosas materiales, hasta en el agua, los signos del amor de Dios.