mié

01

mar

2017

CUARESMA 2017

BAJÓ A LOS INFIERNOS

“Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu; en el Espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión” (1Pe 3, 18-19).

Jesús alcanzó con su muerte y resurrección a todos los condenados, según el texto de la Carta de San Pedro. En una nota explicativa, la Biblia de la CEE comenta: “En esta frase, en la que se funda el artículo del Credo sobre el «descenso a los infiernos» (es decir, al lugar de los muertos), se afirma básicamente que Cristo es el mensajero y portador de una salvación que trasciende el tiempo, el espacio y las coordenadas de la vida y de la muerte”.

 

En Israel, al cerdo se le considera animal impuro, de tal forma que está prohibido que haya granjas de estos animales en su territorio. Así se comprende mejor el ejemplo que pone Jesús en las parábolas de misericordia, cuando describe el éxodo del hijo menor hasta un país extranjero donde se criaban cerdos. Con esta imagen se expresa a dónde llegó el hijo menor en su emancipación filial: a volver a la esclavitud degradante. Esta lejanía hace aún más entrañable la misericordia de Dios. Con ese viaje figurado del hijo menor, que se va hasta tierra de paganos, el Maestro desea expresar que nuestro posible alejamiento no le impide a Dios ofrecer su misericordia. Por distantes que estemos, nunca podremos argüir que la lejanía es impedimento para volver al Señor. Él siempre nos espera (Lc 15, 11-19).

Según la ley de Moisés y los diferentes códigos del judaísmo, la proximidad a los muertos y a los cementerios causaba impureza. Este precepto explica el grado de misericordia que se revela en la parábola del buen samaritano. El relato narra que el herido, caído en la orilla del camino, estaba medio muerto, y según la ley, “es posible que una persona se convierta en impuro al cuidar a una persona muerta, pues el fallecido es una fuente de impureza” (Lc 10, 30-34).

A partir de las dos citas anteriores, las parábolas del llamado “hijo pródigo”, y la del “buen samaritano”, nos sorprendemos aún más al contemplar los recorridos de Jesús en sus caminos evangelizadores. En la parábola del padre bueno, este se queda en la puerta de casa, esperando cada día el retorno del hijo menor. Sin embargo, Jesús nos enseña un grado más de misericordia cuando atraviesa el Lago de Galilea y pasa a la otra orilla, tierra de paganos, donde le sale un endemoniado que vive en los cementerios, en una tierra donde se cuidan piaras de cerdos. Jesús atraviesa las fronteras, llega al submundo más deprimente, simbolizado por el endemoniado que vive entre los sepulcros, y en contra de todo principio económico, salva al hombre a costa de dos mil cerdos. El deshecho de hombre, aquel que no podía convivir con sus vecinos, violento, que andaba semidesnudo, sin dignidad social, aparece “sentado, vestido, y en su juicio”, restablecido como persona, con autoridad, sentado; con dignidad, vestido; con capacidad de discernimiento, en su juicio.

Jesús tocó al leproso, al endemoniado, a la niña muerta, se acercó al sepulcro de Lázaro. Jesús es la Vida, el Señor y Dador de vida; el agua que sana y salva, que salta hasta la vida eterna. Este tiempo de Cuaresma es tiempo propicio para experimentar la mano alargada de la misericordia de Dios. Déjate amar, déjate perdonar.