Epifanías

Los Santos Reyes salieron de su tierra tras la estrella para buscar al Mesías. Salir del lugar de origen, de toda endogamia mental, ideológica, cultural, hasta religiosa, da posibilidad de encontrar y de experimentar acontecimientos luminosos, que de otra forma se ignoran.

Una de las realidades más evidentes, que salta a la vista, cuando uno sale de su metro cuadrado, es la riqueza de la diversidad. Aunque se sufre intemperie por dejar el cálido lugar doméstico, si se camina con deseos de encontrar la manifestación más noble, se gusta sin embargo el reflejo de los dones derramados por doquier.

Desde la presencia silenciosa y orante de quienes viven en los claustros a la belleza que se muestra en los museos de arte; desde la trascendencia que inspiran los templos, especialmente los artísticos, a la fuerza y vitalidad de cuantos caminan por las calles en pleno invierno; desde la profesionalidad de los agentes públicos a la solidaridad de gestos sencillos y domésticos; desde la ternura y la delicadeza en los adornos navideños al asombro y la alegría de los niños que contemplan los belenes y esperan los regalos; desde el estremecimiento emocionado ante el canto polifónico sagrado a la atención discreta y eficaz de los que trabajan en los distintos servicios sociales, se contempla la diversidad enriquecedora.

Al salir de mi estancia habitual, he podido sentir y contemplar la riqueza de dones y carismas que se guardan en el corazón y son la razón de actuaciones humildes y de obras meritorias; de expresiones sin protagonismo y de verdaderas obras de arte.

Hay momentos en los que si uno se acerca a una exposición que abarca un periodo largo de tiempo, puede admirar cómo a lo largo de los siglos se han sucedido diferentes genios que han venido desarrollando la ciencia, el arte, la cultura. En el caso de acercarnos a la vida contemplativa, es posible participar en la salmodia monódica, elevada desde el medievo, o quedar fascinado por la polifonía ágil y profunda a la vez, de las nuevas expresiones orantes.

 

Cuando se abren los ojos, rastreadores de la luz de la epifanía del Señor, se encuentran sus destellos por doquier. Será en un rostro amigo, o en el de un anciano; en una persona que arrastra su maleta hacia la estación o en un momento apacible de encuentro festivo. Tanto en las escenas sobrias como en las solemnes, se alcanza a descubrir el rastro de la belleza esencial. Se pude comer en una mesa de madera desnuda, donde se siente la fuerza de lo esencial, o sentarse en otra, adornada y luminosa, y se respira amor. 

Ahora mismo acontece la diversidad enriquecedora, que nos posibilita la convivencia fraterna en el respeto, en el obsequio mutuo de la consideración sagrada del otro. En definitiva, gracias al Creador, que sembró la bondad y la belleza en todos los seres, sigue surgiendo el destello luminoso que nos llama a descubrir la presencia del misterio en todo lo que existe y sucede, y hasta cabe la expresión de la mayor esperanza en lo más negro de la tiniebla, porque para siempre es posible descubrir la luz de la estrella en la oscuridad de la noche cerrada.

Sal a la calle, sal de tu fanal, y otea el horizonte. Si miras con atención, te vas a sorprender de la realidad luminosa que te envuelve. Cabe que también la descubras saliendo de ti dentro de ti mismo. El que busca encuentra, al que llama se le abre, el que pide recibe. Haz la prueba, como lo hicieron los Reyes Magos que encontraron a Jesús en brazos de su Madre.