dom

18

dic

2016

Mensaje de Navidad

Querido Amigo:

 “Nos ha nacido un Niño, un Hijo se nos ha dado”. Estas palabras de las Escrituras se refieren, sin duda, al nacimiento de Jesús en Belén, nacido de la Virgen María. La Iglesia escoge este texto para acompañarnos en la contemplación del Misterio de la Navidad.

Sin mermar el sentido cristológico del pasaje, cada uno de nosotros, sin embargo, podemos aplicarnos, y precisamente por el nacimiento de Dios hecho hombre, el anuncio de los ángeles a los pastores, y descubrir que todos llevamos dentro un niño, el ser más tierno, sensible, humano, limpio, hermoso, frágil, divino, hechura del Creador, llamado a vivir con Él, a ser de Él, a ser Él.

Jesús llegó a decir que de los que se hacen como niños es el Reino de los cielos, y aplicó la bienaventuranza a los limpios y humildes de corazón. Solo los que protegen su inocencia y tienen los ojos de luz, los que se admiran por la bondad y la belleza de la creación, nos adelantan el Reino de Dios. 

Si yo llevo en mi carne la imagen del Primogénito, y si cada ser humano tiene la dignidad de hijo de Dios, la Navidad me invita a recuperar la alegría por mi identidad, que me desvela el Niño Jesús de Belén.

En otro momento, Jesús dirá a sus discípulos: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Y los ángeles cuidan de manera especial a los que son y se hacen como niños. Santa Teresa del Niño Jesús nos enseña la espiritualidad de la llamada infancia espiritual, que nos invita a entrar en relación con el Hijo de María como quienes juegan y conviven juntos.

Me estremece el olvido de la verdad que me define y que es el título de mi mayor dignidad: “Soy hijo de Dios”, y nunca podré matar al niño que llevo en mí, reflejo del Emmanuel.

Cuando este año, como tantos otros, celebré la Eucaristía en la cueva de los pastores con el grupo de peregrinos, y teníamos ante el altar la imagen del Niño Jesús, no solo me emocionaba la realidad sacramental, al contemplar en una fusión de planos el Pan Santo y al Niño de Belén, sino que me sobrecogía la vivencia al descubrirme carne del Cuerpo de Cristo. Y era consciente de la gran diferencia entre venerar y adorar la realidad  que se me mostraba fuera de mí, y convivir de manera inconsciente con la sacramentalidad que llevaba en mi propio interior, cuando de ello dependía la sinceridad  de mi adoración a la Eucaristía y al Niño de Belén. 

Hagamos homenaje al Hijo de María en el Misterio de la Navidad, que nace en nosotros, y tratémonos como realidad sagrada. ¡Feliz Navidad!