Solemnidad de Cristo Rey

2Sam 5, 1-3; Sal 121; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43

HOMENAJE

Todo se ha cumplido, todo ha llegado a su plenitud, se ha realizado el proyecto de Dios. Su Hijo, Jesucristo, ha llevado a término la voluntad de su Padre y le ha devuelto la creación redimida, y a los seres humanos convertidos en su propia carne, al haberse encarnado Él mismo. Por este motivo, cabe aplicar la expresión bíblica: “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Hemos sido hechos hijos de Dios, pertenecemos al Señor, somos de su bandera, su triunfo es el nuestro, nos gloriamos de tener por Rey y Señor a Jesucristo. 

Las profecías que se aplicaban al rey David se ven realizadas en Jesús: “El Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel."”. Y Jesús va a decir de Sí mismo: “Yo soy el Buen Pastor”.  Pastor y Rey; Profeta y Señor; Maestro y Mesías. “Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos”.  

Con san Pablo entonamos el himno de alabanza: “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.  Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido”. 

Y resuena la acogida que oyó Jesús al entrar en Jerusalén: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David”. Acogida y cántico de los peregrinos, cuando se acercan a la ciudad santa: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”.

Es día de rendir homenaje a Jesucristo, no con un sentimiento de triunfalismo populista, porque se enardecen nuestros labios y corazón por entusiasmo de masas o circunstancial. Sabemos que esta reacción puede cambiar de signo, pues los mismos que gritaron “Bendito el que viene en nombre del Señor”, también estaban vociferando “¡Crucifícalo, crucifícalo!”

Tenemos un Rey que se nos presenta en la Cruz para ofrecernos el camino de bendición y de bienaventuranza. La pertenencia al reino de Jesucristo nos la ofrece Él mismo, y el gozo de permanecer en Él nos lo da el compartir su entrega. Sabemos que al final de los tiempos los que han padecido con Él y por Él recibirán el título de herederos de su reino. 

Hoy se nos invita a profetizar la alegría por sabernos destinados al reino de los cielos, al reino de Jesucristo, a la felicidad que anhelamos, viviendo el Evangelio.