Travesía en el lago de Galilea

AL DESPERTAR ME SACIARÉ DE TU SEMBLANTE

Es la hora de la luz recién amanecida, de la brisa sonriente, que riza las aguas y las tiñe de color marino intenso.

Y le digo a mi memoria: “¡Despierta!” pues ante los ojos tienes el destello de la mirada creadora, el brillo de la gloria de Quien pasó por estas aguas atrayendo hacia sí el seguimiento de aquellos pescadores.

 

Y el cielo se refleja nítido en la anchura iluminada, certeza de la mirada del rostro amigo del Maestro Nazareno, Quien puso su morada a la orilla del Mar de Galilea.

Mas, si es verdad una presencia tan viva del Carpintero. ¿Por qué me olvido tantas veces del reflejo en mi vida de los ojos del mejor artesano? ¿Por qué me entretengo ensimismado en mis asuntos, o busco alivio humano, compañero?

Si en la travesía me abraza el viento, el mismo que sopló ya desde el principio, y la luz de plano es reverso del semblante de Quien hizo todo enamorado, ante mi experiencia olvidadiza, me asalta la sospecha de atravesar las aguas, la existencia, sin hondura. Sin embargo, ante la duda, prefiero celebrar, al alba, el paso mensajero de Quien dejó como testigo vivo el mar de Galilea. No quiero privarme del encuentro que me anuncia la ráfaga del viento, que me deja sentir la fuerza de la creación primera. No quiero caer en la trampa engañosa, y privarme por complejo de la hora de luz resucita, que anticipa, sin término, el sabor siempre nuevo de lo eterno.

Por aquella mañana de la Pascua se ha quedado afectado el ritmo de los días y las horas, el tránsito de la noche al alba, por el que reinterpretar el discurrir del tiempo. Ya no cabe la sensación de ausencia. Desde la tercia a la undécima, desde el caer de la tarde a pleno día, cada momento se colma por el posible encuentro con quien nos demostró que es mayor el amor que la miseria; mayor la luz, que la herida; la presencia, aunque invisible, que la ausencia.

 

Y Jesús, al igual que aquel día primero, en el que se hizo encuentro con los suyos, me invita, hoy de nuevo, durante la travesía, a colmar cada jornada de esperanza, pues ya no hay hora sin señal hecha llamada de intimidad amiga, en un marco de entrega, donación, almuerzo, confesión de amor, certeza de presencia permanente, que aguarda mi respuesta decidida.