XXXI Domingo del tiempo ordinario

EL PODER DE DIOS

A la hora de tratar con Dios, nos suele traicionar el concepto que tenemos del poder, y al invocarlo como Todopoderoso, interpretamos su poder a la manera humana y le convertimos en un gran mandatario, como son los de nuestro mundo, que emplean su posición incluso para entablar contiendas y guerras.

Hoy el texto bíblico nos define la peculiaridad del poder divino, que se aparta esencialmente de nuestra posible proyección: “Señor, te compadeces de todos, porque todo lo puedes”. Dios puede tanto, que hasta le es posible hacerse pequeño, débil, menesteroso, entrañable, y en vez de reaccionar como nosotros cuando nos ofenden, Él lo hace con misericordia. Una oración litúrgica del siglo VIII reza: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y en el perdón”.

 

Hay un principio teológico que nos debería dar siempre esperanza: Nada existe sin que Dios lo quiera. Dice el texto del libro de la Sabiduría: “¿Cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?” Cada uno de nosotros ha llegado a ser historia por el amor que Dios nos tiene. Nuestra existencia es la prueba de su voluntad amorosa. Y si acaso sentimos que nos corrige, lo hace para nuestro bien. “Corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”.

El Evangelio de este domingo presenta uno de los ejemplos más emblemáticos de la misericordia de Dios, manifestada en su Hijo. Jesús repara en Zaqueo, que ha superado la vergüenza y delante de los demás, a pesar de ser considerado un publicano y pecador, se sube a un árbol, con riesgo de hacer ridículo, porque desea ver a Jesús. Es magnifica la homilía que el papa Francisco dirigió a los jóvenes en Cracovia, centrada en el evangelio que hoy se proclama en la Liturgia.

Jesús manifiesta el deseo de entrar en la casa de Zaqueo, en tu casa, y aunque puedas responder como el centurión que no eres digno de recibirlo, Él supera todo obstáculo y quien es en verdad posada se convierte en huésped, imagen que corrobora la revelación divina de presentarse no tanto como un Dios poderoso, sino como un alguien necesitado. Nada nos puede separar el amor de Jesús. “Dios nos ama tal y como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea” (Francisco, JMJ, Cracovia).

 

Zaqueo bajó enseguida y recibió muy contento a Jesús. Este año de la misericordia hemos sido alentados a practicar las obras de misericordia, y entre ellas la de acoger al forastero, al peregrino, a quien se cruza con nosotros en el camino.