XXIV Domingo del tiempo ordinario

Ex 32, 7-11.13-14; Sal 50; 1Tim1, 12-17; Lc 15, 1-32

LA MISERICORDIA DIVINA

Este domingo tenemos los impresionantes ejemplos de las tres parábolas lucanas en las que Jesús se presenta como revelación de la misericordia divina. Las imágenes del “Buen Pastor”, de “la mujer que busca la dracma perdida” y “del padre de los dos hijos” constituyen el tríptico del autorretrato de Jesús, rostro de la misericordia del Padre.

La primera lectura de la liturgia de la Palabra refiere la súplica de Moisés a Dios, por la que obtiene el perdón para su pueblo, porque la ira de Dios “dura un instante, su bondad de por vida. “Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.

El salmista pone en nuestro labios la oración más adecuada, para cuando tenemos necesidad del perdón divino: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. 

San Pablo da testimonio de cómo él, siendo pecador, recibió de Jesús el abrazo del perdón: “Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacia.  El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús”.   

El Evangelio sitúa las parábolas de la misericordia en el ámbito de las críticas de los fariseos: “En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos»”.  Y como si quisiera superar toda duda, el evangelista triplica el argumento del perdón.

Sorprenden las referencias de Jesús en las parábolas, en las que aparece una oveja, una dracma y un hijo. Interpreto que no hay circunstancia a la que no pueda alcanzar la misericordia divina.

Si, además vemos este domingo, 11 de septiembre, a la luz del calendario litúrgico, las lecturas nos ayudan aún más teniendo en cuenta que la Exaltación de la Cruz se celebra el día 14. 

Nadie queda excluido del perdón divino, de los frutos de la ofrenda generosa de Jesucristo en la Cruz. Si te dejas perdonar por el Señor y abrazar por la misericordia, contribuirás al gozo del Señor: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.