dom

04

sep

2016

XXIII Domingo del tiempo ordinario

 

Sb 9, 13-18; Sal 89; Flm 9b-10.12-17; Lc 14, 25-33

CONOCIMIENTO DE LA VOLUNTAD DIVINA

Al inicio del mes de septiembre, muchas personas deben reiniciar las tareas y, después de un periodo de vacaciones, tienen que enfrentarse con la cotidianidad. Es un momento difícil, en el que cabe sentir la tentación de la apatía y de la inercia, y hasta cierto escepticismo, porque, como dice el libro de la Sabiduría, “el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente que medita”.  Pues, al haber vivido un tiempo en el que quizá se ha procurado el bienestar corporal, al volver a enfrentarse con las tareas diarias, se percibe un choque de sentimientos que hay que saber discernir y gestionar.

 

En estas circunstancias, las lecturas de este domingo son oportunas, porque tratan de adquirir el conocimiento necesario de la voluntad de Dios: “¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?”  (Sb). Y dentro del don de conocimiento, una súplica acertada nos la dicta el salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 89).

En las lecturas diarias de la Misa de la última semana de agosto, san Mateo nos hacía repetidas llamadas de atención para saber permanecer en vela: “Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (Mt 24, 44). “Velad, porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25, 13). “Al cabo de mucho tiempo, viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos” (Mt 25, 19).

Ante las catástrofes, los incendios, los terremotos, los atentados suicidas, las acciones terroristas, aunque sin caer en desesperanza, cómo no sentir la fragilidad, la vulnerabilidad de nuestra existencia. Diariamente nos llegan noticias de seres queridos a los que se les presenta una enfermedad grave, o incluso han sido llamados por Dios. No es solución silenciar la realidad, y menos evadirla. Por el contrario, es fuente de sabiduría y de sensatez tener presente la temporalidad de nuestra existencia en esta tierra.

El evangelista nos invita a saber prever. “Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?”  (Lc). Las relaciones personales con el prójimo y con Dios quedan afectadas cuando se sabe valorar la caducidad.

 

San Pablo nos muestra hoy la madurez del desprendimiento afectivo, sin renunciar al sentimiento más noble de la amistad, en relación con Onésimo y con Filemón: “Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor no a la fuerza, sino con libertad”.